Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas Facultad de Ciencias Sociales Departamento de Psicología Monografía Título: Autoconcepto en los adultos mayores Autores: Lic. Suset de la Caridad Mayea González Dra. C. Idania Otero Ramos Lic. Sandra Núñez Mora Edición y corrección: Merly López Delgado Suset de la Caridad Mayea González, Idania Otero Ramos, Sandra Núñez Mora, 2023 Sobre la presente edición: Editorial Feijóo, 2023 Atribución-NoComercial-SinDerivadas CC BY-NC-ND ISBN 978-959-312-548-2 Editorial Samuel Feijóo, Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, Carretera a Camajuaní, km 5 ½, Santa Clara, Villa Clara, Cuba. CP 54830 Resumen El objetivo de la presente monografía es caracterizar el autoconcepto como constructo psicológico importante para los adultos mayores. Para ello se realizó la lectura de fuentes bibliográficas respecto al tema objeto de estudio, lo que incluyó la revisión científica del constructo autoconcepto y de la adultez mayor como etapa del desarrollo y la evaluación de los diferentes instrumentos que han sido utilizados para medir dicha categoría, sus dimensiones, las muestras utilizadas y los criterios de fiabilidad. Se abordaron las dos corrientes principales que estudian dicho concepto: como unidad unidimensional y desde la multidimensionalidad. Se siguió para esta investigación la concepción multidimensional, que además describe el autoconcepto como un constructo organizado, estructurado, jerárquico, estable, con un carácter descriptivo y valorativo. Se explicaron, además, las diferentes variantes de la organización dimensional: autoconcepto académico/autoconcepto no académico, autoconcepto personal/autoconcepto académico/autoconcepto físico/autoconcepto social, y la más aceptada desde la literatura científica: autoconcepto físico/autoconcepto familiar/autoconcepto emocional/ autoconcepto laboral-académico/autoconcepto social. Se describieron las particularidades del autoconcepto en adultos mayores, con las corrientes que explican su disminución debido a las limitantes de la edad y aquellas que explican su enriquecimiento a partir del conocimiento que se posee de su persona. Asimismo, se abordaron los diferentes instrumentos que estudian el autoconcepto: la Escala de Autoconcepto de Tennessee, la Escala Tetradimensional de Autoconcepto para Adolescentes (ETAA), el Cuestionario de Autoconcepto Personal (APE), el Cuestionario de Autoconcepto Físico en Adultos Mayores (CAF-MAY) y el Autoconcepto en forma 5 (AF5). Palabras claves: Autoconcepto; Adultos mayores; Instrumentos de evaluación psicológica. Abstract The objective of this monograph is to characterize self-concept as an important psychological construct for older adults. For this, the reading of bibliographic sources was carried out regarding the subject under study, which included the scientific review of the self-concept construct and of older adulthood as a stage of development and the evaluation of the different instruments that have been used to measure said category, its dimensions, samples used, reliability criteria. The two main currents that study the self- concept were addressed: as a unidimensional unit and from multidimensionality. For this research, the multidimensional conception was followed, which also describes the self- concept as an organized, structured, hierarchical, stable construct, with a descriptive and evaluative character. The different variants of the dimensional organization were also explained: academic self-concept/non-academic self-concept; personal self- concept/academic self-concept/physical self-concept/social self-concept and the most accepted from the scientific literature physical self-concept/family self-concept/emotional self-concept/work-academic self-concept/social self-concept. The particularities of the self-concept in older adults were described, with the currents that explain its decrease due to the limitations of age and those who explain its enrichment from the knowledge that is possessed of their person. And the different instruments that study self-concept were addressed: Tennessee Self-concept Scale, Four-Dimensional Self-Concept Scale for Adolescents (ETAA), Personal Self-Concept Questionnaire (PSA), Physical Self-concept Questionnaire in Older Adults (CAF-MAY) and Self-concept in form 5 (AF5). Keywords: Self-concept; Older adults; Psychological evaluation instruments. ÍNDICE Introducción……………………………………………………………….6 Desarrollo………………………………………………………………….8 1.1. La adultez mayor como etapa del desarrollo……………………..8 1.2. Autoconcepto. Análisis teórico…………………………………...20 1.2.1. Aproximaciones históricas al constructo de autoconcepto………….20 1.2.2. Autoconcepto. Conceptualización………………………………….24 1.2.3. Multidimensionalidad del autoconcepto…………………………....28 1.3. Autoconcepto en adultos mayores………………………………..39 1.4. Instrumentos para la exploración del autoconcepto……………43 Conclusiones……………………………………………………………...47 Bibliografía……………………………………………………………….48 Introducción El envejecimiento poblacional es un fenómeno que ha venido en aumento desde la segunda mitad del siglo XX. La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que en 2020 el número de personas de sesenta años o más fue superior al de los niños menores de cinco años; asimismo, expone que por primera vez en la historia, la mayor parte de la población tiene una esperanza de vida igual o superior a los sesenta años (OMS, 2021). Durante la tercera edad tiene lugar una serie de cambios neurobiológicos, físicos, psicológicos, familiares y sociales que demandan del adulto mayor recursos personales que le ayuden a lograr la adaptación en esta etapa de la vida. La tercera edad constituye una etapa de la vida muy influenciada por la opinión social. Hasta hoy día, la cultura predominante de una forma u otra tiende a estimular el sentimiento de soledad, la segregación, las limitaciones para la vida sexual y de pareja y de la propia funcionalidad e integración social del anciano (Orosa, 2014). Villanueva (2021) fundamenta que ante las pérdidas biológicas, psicológicas y cambios sociales vividos por los adultos mayores, su autoconcepto puede verse alterado, por lo que es importante analizar la percepción de sí mismo durante esta etapa de la vida y observar su relación con el bienestar en la tercera edad. El autoconcepto que un adulto mayor se forma está directamente relacionado con la calidad de vida que llevó a lo largo de los años anteriores; también hay que tomar en cuenta la gran afectación que tiene la relación social de la persona en esta etapa, en especial con su núcleo familiar. El autoconcepto en un adulto mayor será determinante en la actitud con la que este enfrente la etapa, así como en la cantidad de afectaciones de su salud, tanto física como emocional (Morales y Arriaza, 2015). Los elementos conformadores de identidad en esta edad son tomados generalmente de los prejuicios negativos que la cultura como tendencia ha reservado en el transcurso de su historia de vida. Es necesario, por tanto, comprender las particularidades de dicha edad sin propiciar su negación y que las características de la misma y sus correspondientes prejuicios sociales dependen de las condiciones históricas concretas. En sociedades envejecidas, como la cubana, es necesario crear una cultura gerontológica, en aras de garantizar que los programas y proyectos futuros para atender al adulto mayor sean realmente eficaces y que respondan a las características de este grupo etario. Esta preparación para una sociedad envejecida significa desmontar estigmas y diseñar nuevos espacios de desarrollo que permitan vivirla de forma digna y protagónica. Existen dos grandes tradiciones en el estudio del autoconcepto: aquella que lo entiende desde una composición unidimensional, y quienes lo asumen desde la multidimensionalidad. Es esta última concepción la que sustenta la presente investigación. Shavelson, Hubner y Stanton (1976) plantean que las características fundamentales que están en la base de la explicación del autoconcepto lo presentan como un constructo organizado, estructurado, jerárquico, estable, con carácter descriptivo y valorativo. En un análisis de la literatura científica referente al tema se encuentran investigaciones encaminadas al estudio del autoconcepto en diferentes poblaciones: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, que exploran sus características y realizan análisis comparativos entre estos grupos poblacionales y, sobre todo, en función del género (Esnaola, 2005; Pabago, 2021; Esnaola, Goñi y Madariaga, 2008; Cazalla-Luna y Molero, 2013). Sin embargo, existen pocos estudios encaminados al autoconcepto del adulto mayor (Morales y Arriaza, 2015; Vera, Laborín, Domínguez, Parra y Padilla, 2009). Por ello, esta monografía se plantea como objetivo:  Caracterizar el autoconcepto como constructo psicológico importante para los adultos mayores. Desarrollo 1.1. La adultez mayor como etapa del desarrollo Cuba se comporta de forma similar al de muchos países desarrollados, pues demográficamente el segmento poblacional que continúa en aumento es el de sesenta años y más, al alcanzar el 20,4 % del total de habitantes a nivel nacional (2 286 948), lo que representa un incremento de 0,3 % en comparación con el año 2017, aspectos que se relacionan estrechamente con la esperanza de vida al nacer y la disminución de la mortalidad del grupo de los adultos mayores. La provincia más envejecida del país es Villa Clara (23,7 %), la cual cuenta con el segundo municipio más envejecido de la nación: Placetas con el 25,2 % (MINSAP, 2018). En la periodización del desarrollo, la adultez mayor conforma otra etapa natural del ciclo vital humano que tiene sus peculiaridades y sus posibilidades de desarrollo y crecimiento. Entre las teorías o modelos que subrayan los aspectos negativos, están las teorías biologicistas, que en su mayoría abordan las causas del envejecimiento orgánico y se centran en las pérdidas que en él acontecen. La teoría sociológica de la modernización de Cowgill y Holmeso parte de que en edades avanzadas los sujetos se encuentran en condición de inferioridad. Del mismo modo, la teoría de la desvinculación de Cummings y Henry defiende que la desconexión es un proceso inevitable proporcionado por el propio envejecimiento, que trae como consecuencia que la relación entre individuo y sociedad se altere e incluso llegue a desaparecer (López, 2018). Por otro lado, encontramos aquellas teorías o modelos psicológicos que ofrecen una visión positiva del envejecimiento. Tal es el caso de las teorías psicológicas o modelos evolutivos de Erik Erickson, los cuales parten del supuesto de que «el hecho de que el ser humano recorra diferentes fases evolutivas escalonadas por sus diferentes crisis, supone la idea de potencialidad, es decir, la capacidad para la maduración y el progreso». De igual forma, explica el desarrollo humano como una búsqueda de la identidad personal (Ídem). Según Erikson (1979; 1982), durante la última etapa del ciclo vital aflora la denominada crisis de la integridad frente a la desesperanza, la cual representa el intento, en el tramo final de la vida, por integrar y unificar las experiencias personales y únicas. Es por ello que Erikson explica que la vejez puede ser entendida como un período de vida en el que la principal tarea consiste en buscar el equilibrio entre la integridad del yo y un cierto sentido de desesperación, pues según como resolvamos este conflicto, llegaremos a alcanzar uno de los mayores logros del ser humano: la sabiduría, y para llegar a ella la persona debe revisar su vida e intentar encontrarle sentido. Es normal también que en ese proceso de revisión afloren emociones negativas, porque además de cierta decepción con los fracasos analizados a lo largo de esa revisión de la vida, también se suma la toma de conciencia de esta última etapa y de las limitaciones físicas, psíquicas e incluso sociales que la misma conlleva (Butler, Lewis y Sunderland, 1991) y que en muchas ocasiones comprende la soledad experimentada ante la desaparición de personas queridas, de lugares, etc. (Katzko, Dittman-Kohli y Rubio Herrera, 1998; citados por Quintero, 2011). Se destaca también la teoría del Ciclo Vital, que dentro de sus principales asunciones incluye la idea de que el desarrollo no se completa en la edad adulta, sino que se extiende a lo largo de toda la vida y que desde la misma concepción progresa a través de procesos de adquisición, mantenimiento, transformación y desgaste, implicados en estructuras y funciones psicológicas. Asimismo, acepta los procesos de asimilación, acomodación y adaptación en la vejez como forma de adecuarse a las ganancias y compensar las pérdidas (Baltes y Baltes, 1990). Por su parte, la teoría de la actividad, propuesta por Tartler en 1961, desde una perspectiva psicosocial del envejecimiento, defiende la idea de que para lograr un envejecimiento satisfactorio es necesario estar o permanecer activo. Esta propuesta plantea que el número y calidad de las actividades realizadas son un factor determinante para el bienestar psicológico de la persona (López y Ortigosa, 2014; citados por López, 2018). La Organización Mundial de la Salud (OMS), más allá de caracterizar el envejecimiento en términos de limitaciones cognitivas o vivenciales, lo entiende desde el punto de vista físico, conceptualizándolo como consecuencia de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y, por tanto, a un aumento del riesgo de enfermedad. Este envejecimiento se evidencia, por ejemplo, en la porosidad, descalcificación, debilitamiento de la fortaleza de los huesos, reducción de la flexibilidad de los tejidos, pérdida de células nerviosas, endurecimiento de los vasos sanguíneos y la disminución general del tono corporal, lo que conlleva a grandes niveles de padecimiento de osteoartrosis de rodilla en los adultos mayores, hasta llegar a convertirse en la cuarta causa de discapacidad a nivel global. Por otro lado, el enfoque histórico cultural (EHC), de Vygotski, es la corriente psicológica que permite explicar el proceso de envejecimiento en su sistema categorial; esta es la teoría que se mantendrá como paradigma para la concepción de la vejez en este estudio. Desde este enfoque, Teresa Orosa (2007) coloca la situación social del desarrollo (SSD) como categoría fundamental para comprender el envejecimiento, la cual está muy determinada por la cultura, la familia y el propio desarrollo que el individuo ha alcanzado (Orosa, 2001, p. 53). Esta teoría, con base en las esferas cognitiva, afectiva y social, describe regularidades de la etapa, identifica eventos vitales como abuelidad, jubilación, viudez y nido vacío, y define la autotrascendencia como necesidad reguladora. Esta nueva SSD por la cual atraviesa el adulto mayor comprende la combinación irrepetible entre los procesos internos y externos del desarrollo, que dan lugar a las neoformaciones psicológicas (nuevas estructuras psicológicas típicas de cada edad) y que además comprenden un nuevo tipo de estructura de la personalidad y de su actividad, así como los cambios físicos y psíquicos que se producen por primera vez en cada edad (Batista y Jocik, 2010). Todo esto responde a un aspecto relevante en la caracterización psicológica de la vejez, donde se ratifica la importancia de lo singular e irrepetible, siendo la edad del desarrollo en que más diferente se es uno de otro. Muchas de las concepciones negativas que están asociadas a la etapa están dadas, según Orosa (2017), por la existencia de tres tipos de prejuicios: negativos, idealizadores y confusionales. En cuanto a los prejuicios negativos, los más recurrentes suelen ser: la vejez como antesala de la muerte, llegar a viejo es quedarse solo, la vejez como sinónimo de enfermedad, para el viejo todo se acaba, a los viejos hay que dejarlos descansar, mejor que no hagan nada (Orosa, 2014; 2017). Por su parte, Martínez, González, Castellón y González (2018) exacerban las limitaciones o dificultades que pueden estar afrontando por la edad. Entre los prejuicios idealizadores están: la vejez, edad dorada; la vejez, hermosa época de cosecha, de paz y de tranquilidad; la mejor edad de la vida, etc. Según Orosa (2014), estos distan de expresar un adecuado balance, pues se evaden problemáticas típicas de una edad, sus necesidades, angustias y pérdidas. Mientras que los prejuicios confusionales ocurren cuando la vejez se confunde con otras edades: un viejo es como un niño, es alegre como un joven, son jóvenes con experiencia, o la vejez es un retorno a la niñez (Orosa, 2014; 2017). Los cambios físicos son los que demuestran exteriormente el proceso de envejecimiento: la piel del adulto mayor se vuelve reseca, con flacidez; aparecen manchas y arrugas en la misma, las cuales se deben a la disminución de la producción de colágeno y a la pérdida de grasa subcutánea y masa muscular (Orosa, 2017). Se produce una importante pérdida de la masa muscular y atrofia de las fibras musculares, lo que trae consigo el deterioro de la fuerza muscular. Asimismo, la masa esquelética disminuye, los huesos se tornan más porosos y quebradizos; además, las articulaciones se vuelven menos eficientes al reducirse la flexibilidad. Del mismo modo, existen cambios en el sistema cardiovascular que conducen a un menor aporte de sangre oxigenada, lo que contribuye a la disminución de la fuerza y de la resistencia física en general (Ídem). De este modo, se ha observado que los cambios físicos por los que atraviesa el adulto mayor lo predisponen a desarrollar diversas enfermedades. Las más comunes son: la hipertensión, la diabetes, las enfermedades cerebrovasculares, la osteoartrosis, entre otras (Ídem). Ricardo Moragas (2004) expone que ante el mito de que los adultos mayores se hallan muy limitados en sus aptitudes, deben anteponerse las diversas posibilidades sociales y psicológicas que tienen, a pesar de que sea cierta la existencia de una disminución del rendimiento cognitivo, el cual puede hacerse más lento en el procesamiento de la información, lo que no implica la existencia de un deterioro total (Villanueva, 2021). Esta disminución del rendimiento intelectual se explica por las afectaciones en la memoria. Sin embargo, hay formas de memoria que se deterioran y otras no: se afecta la memoria a corto plazo en la llamada memoria de trabajo; también se afecta la memoria a largo plazo en la llamada memoria episódica, pero la memoria a largo plazo, denominada memoria semántica o basada en conceptos, así como la memoria procedimental, son susceptibles de desarrollarse aún más, cuando las personas mayores se encuentran bajo procesos de estimulación (Orosa, 2017). En la atención se produce una mayor distractibilidad y surgen déficits en las habilidades visoespaciales, visoperceptivas y visoconstructivas. La inteligencia también cambia: se pasa de una inteligencia fluida a una inteligencia cristalizada, basada en la experiencia y los conocimientos, como habilidad para aplicar o transmitir aprendizajes anteriores y conocimientos acumulados. Esta se basa en la experiencia adquirida a lo largo de la vida, siendo una de las neoformaciones de la etapa (Orosa, 2017; Martínez, González, Castellón y González, 2018). Estos declives a nivel cognitivo y/o físico no implican el deterioro en el funcionamiento psicológico, sino que todavía existen posibilidades de desarrollo. Un ejemplo de ello es la neoformación central de la etapa denominada «autotrascendencia», explicada como la necesidad de dejar en otros los conocimientos que el adulto mayor posee, es decir, dejar un legado a la humanidad, muy relacionado con la inteligencia cristalizada; es un legado espiritual y de conocimientos, matizado por el sistema de relaciones del individuo (Ídem). Este proceso implica que, a nivel psicológico, la persona atraviesa por un proceso de reflexión y comienza a contemplar su vida como un conjunto, que lo lleva a evaluar la manera en que ha vivido su vida y a reajustar metas más realistas y objetivas, lo que le permite optimizar recursos y tiempo, y lograr una mayor adaptación a las situaciones de su medio. Esta requiere, como en todas las edades anteriores, de otros individuos que potencien o faciliten su desarrollo, en este caso la familia creada a través de los hijos, pareja y nietos, pero también requiere de otros actores importantes, a los cuales legar sus experiencias de vida como, por ejemplo, los aprendices de su actividad productiva o social precedente o de la actual, si aún continúa laborando. Es la historia de vida y la vivencia de su propia situación social del desarrollo las que determinan diferencias individuales en las miradas acerca de la vida, sus eventos o sucesos. La reducción del tiempo que queda para alcanzar las metas es un elemento fundamental en el reajuste de estas, ya que modifica las expectativas futuras y lleva a establecer metas a más corto plazo y más modestas. Los adultos mayores intentan primordialmente conservar las cosas buenas todavía disponibles y posibles en su presente y, en este sentido, envejecer (Meléndez, Tomás y Navarro-Pardo, 2008). Arias (2013) explica que en un estudio realizado en Mar de Plata, Argentina, en el año 2005, se constató que los adultos mayores consideraban que disponer de buenas relaciones familiares y sociales era un aspecto de gran relevancia para la calidad de vida en la vejez. Esto se debe, según Orosa (2017), a que la familia, en especial los nietos y la pareja, se convierten en el principal sistema de comunicación del adulto mayor, con los que desarrolla funciones de consejero, mientras que el contacto con coetáneos también es importante pues es donde desarrollan una comunicación más vinculada con las emociones. La etapa del adulto mayor conlleva una serie de situaciones o eventos vitales muy asociados al estrecho vínculo con la familia: la jubilación, la marcha de los hijos, la abuelidad, la pérdida de seres queridos, incluso del cónyuge, lo que trae consigo la viudez, la posible aparición de enfermedades crónicas, un conjunto de polipatologías, en ocasiones discapacidad y dependencia y, desde luego, la mayor proximidad a la muerte (Fernández-Ballesteros, 2008; Orosa, 2017), que constituyen los principales eventos vitales. La familia, como grupo de intermediación entre el individuo y la sociedad, constituye un determinante importante para el análisis de la tercera edad por dos razones fundamentales: porque es la última etapa del desarrollo del ciclo vital y porque la mayoría de los ancianos cubanos vive en condiciones de convivencia familiar (Acosta, 2010). El contexto sociofamiliar y los sistemas de apoyo a estas edades condicionan las formas particulares en que se viven las transiciones vitales de los adultos mayores, dentro de las que podemos mencionar la jubilación o cese de la actividad laboral productiva, la abuelidad, el desprendimiento de los hijos, el declinar de la salud física, la pérdida de relaciones significativas y la viudez. Los adultos mayores ocupan diferentes roles, papeles y funciones al interior de las familias, en dependencia del momento vital en que se encuentran. Una alta proporción de la población de adultos mayores está formada por jefes de hogar, educadores de los más jóvenes, y por abuelas y abuelos presentes y continuadores de costumbres y tradiciones (Arés, 2021). La abuelidad es un rol sumamente importante para las personas mayores, tratándose de un vínculo muy fuerte, inclusive en la autotrascendencia, dada por la situación social de ambos: el niño se encuentra descubriendo el mundo y los adultos tratan de legarse a sus nietos. El adulto mayor continúa siendo un recurso de familia, aun cuando no conviva ni sea el proveedor principal de la economía familiar, tanto es así, que la abuelidad llega a convertirse en el rol que produce identidad para esta edad (Orosa, 2001; 2017). De igual forma, la viudez constituye otro evento típico, sumamente importante en la vida del adulto mayor, lo que conduce a un proceso de duelo que en muchos casos no es funcionalmente adecuado, puesto que se pierde el principal confidente y apoyo psicológico, social y económico. Existe mayor número de viudas que de viudos, dado por la mayor esperanza de vida para la mujer, donde debido a su rol como cuidadora familiar posee mayores recursos para la elaboración del duelo por la pérdida de la pareja. Se construyen en estas circunstancias, y junto con la pérdida de otros seres queridos, la conciencia de la proximidad de la muerte y la preparación del adulto mayor para la misma (Orosa, 2017). En ese sentido, la elaboración de duelos incluye la pérdida de su propio rol social y la despedida de su familia de origen; por tanto, según Orosa (2003), la representación de la muerte como evento próximo también debe tenerse en cuenta desde una concepción del desarrollo humano. En general, se habla de la calidad de la vida, pero no de la calidad de la muerte. Lo cierto es que, si aún el ser humano no está preparado para la vejez, menos aún lo estará para la muerte. El acto de envejecer es un proceso multifactorial que tiene varias facetas y puede interpretarse de diferentes maneras. Para algunos representa una ruptura con la vida social, y para otros es el comienzo de una nueva fase en la que se busca disfrutar del placer proporcionado por el ocio y por la llegada de la jubilación del contexto laboral (Meira et al., 2017). En Cuba, la Asamblea Nacional del Poder Popular, celebrada en 2008, aprobó la Ley 105 de Seguridad Social y el Decreto No. 283/2009 Reglamento de la Ley de Seguridad Social, donde se estableció, entre otras disposiciones, el aumento de la edad de jubilación de sesenta años para las mujeres y sesenta y cinco para los hombres, y se ha exhortado a los retirados a ser miembros activos de la sociedad (Lafita, 2020). La jubilación es entendida como un cambio no solo en el estilo de vida, sino que también conlleva efectos biopsicosociales que pueden contribuir a la sensación de inutilidad, debido a que el individuo deja de ser económicamente activo para pasar a beneficiarse de la seguridad social, lo que puede expresar una disminución de su poder adquisitivo (Meira et al., 2017). No obstante, la jubilación trae consigo grandes beneficios, pues ofrece la oportunidad de tener más tiempo libre, ya sea para descanso, ocio o esparcimiento. Además, muchas personas se dedican a la búsqueda de actividades nuevas como una forma de volver a vincularse con la sociedad, ya que sienten que han llegado al final de una etapa más de la vida. Puede ser entendida también como una etapa de libertad, gozo, disponibilidad de tiempo, fortalecimiento de relaciones personales y retribución económica como recompensa por los servicios prestados y años trabajados (Ídem). Mientras que para algunos la jubilación va a significar una serie de pérdidas y ganancias (Piscoya y Lavado, 2014) que, según como lo asuma el jubilado, van a marcar o no un mejor ajuste a este nuevo período de la vida. En contraste, se puede aceptar como pérdida el abandono de una situación de trabajo a la que ya se estaba acostumbrado, la pérdida de un rol funcional en la sociedad y en la familia, reducción de ingresos, tiempo vacío y limitación en la comunicación interpersonal, lo que puede provocar aislamiento, tristeza o decepción (Larriva, 2020). Por eso, este período desencadena una serie de incertidumbres para quienes lo están atravesando (Meira et al., 2017). Por tales motivos, se debe tener en cuenta que la jubilación resultará más traumática en aquellas personas que han hecho del trabajo una fuente de identidad, cuya única motivación y prioridad era la vida laboral; esto puede deberse a la falta de preparación de una alternativa para después de la jubilación. Por tanto, es la jubilación la puerta de entrada a la vejez (Centeno, 2019), donde su adaptación resulta fundamental para poder hacer esta etapa placentera y con calidad, siendo pertinente que toda entidad disponga de programas encauzados a dar la orientación debida al proceso de jubilación (Alpízar, 2011). Tras la aprobación de la Ley 105 de Seguridad Social y del Decreto No. 283/2009, como se mencionaba anteriormente, se autorizaron normas que permiten a los jubilados volver a trabajar sin perder sus pensiones y simultanearlas con el salario del nuevo cargo que desempeña. Esto, básicamente, ha tenido lugar entre los profesionales y técnicos, fundamentalmente maestros y otros especialistas, quienes suman su nuevo salario al monto de su jubilación, por lo que las leyes que flexibilizan el trabajo por cuenta propia les abren la puerta (Lafita, 2020). En dicha ley, específicamente en el capítulo III «Trabajo de los pensionados por edad», en los artículos 29, 30, 31, 32, 33, 34 y 35 queda reflejado cómo se efectuarán los pagos salariales a los adultos mayores jubilados recontratados (Alarcón de Quesada, 2008). Artículo 29: Los pensionados por edad pueden reincorporarse al trabajo. El Reglamento de la Ley establece el procedimiento que se aplica en la tramitación de estos casos. Artículo 30: Los pensionados por edad con 60 años o más las mujeres y 65 años o más los hombres y que acrediten 30 años de servicios prestados, pueden reincorporarse al trabajo remunerado y devengar la pensión y el salario del cargo que ocuparen, siempre que se incorporen en uno diferente al que desempeñaban en el momento de obtener su pensión, aunque puede estar comprendido en su perfil ocupacional. Artículo 31: El Consejo de Ministros puede autorizar en determinado sector, rama de la economía o parte de ella, por interés del desarrollo económico o social del país, la contratación de pensionados por edad en el cargo que desempeñaban en el momento de obtener la pensión, devengando la totalidad de la prestación y el salario. Artículo 32: Los Consejos de la Administración Municipales, excepcionalmente, pueden autorizar la reincorporación de un pensionado al mismo cargo que desempeñaba anteriormente, en su centro de trabajo o en otro, y devengar la pensión o el salario. El Reglamento de la presente Ley establece el procedimiento para el ejercicio de esta facultad. Artículo 33: Si los pensionados por edad se reincorporan al trabajo en el mismo cargo que desempeñaban anteriormente, y no se cumplen los requisitos establecidos en los artículos 30, 31 y 32, la suma de su pensión y el nuevo salario, no puede exceder al salario que devengaban al momento de obtener la pensión. También pueden optar por su reincorporación al trabajo con cualquier cargo, mediante la solicitud de suspensión de la pensión por edad que reciben. Artículo 34: Los pensionados por edad reincorporados al trabajo cuando se enferman o accidentan, tienen derecho al cobro del subsidio por enfermedad o accidente por un término de hasta seis meses. Artículo 35: Los pensionados por edad reincorporados al trabajo, cuando cesan en él, tienen derecho a obtener un incremento en la cuantía de la pensión que reciben, equivalente al 2 % del nuevo salario promedio, por cada año trabajado con posterioridad a su reincorporación (Ministerio de Justicia, 2009). El pago de la pensión incrementada se establece a partir de la fecha en que se produjo el cese de la relación laboral del pensionado. Los adultos mayores no deben ser considerados un problema social, pues muchas personas de edad avanzada permanecen activas, independientes e intelectualmente competentes después de la edad de jubilación (Lafita, 2020), por lo que existe un auténtico desarrollo motivacional, con nuevas metas y proyectos de vida propios, asociados a los contextos significativos. Es por ello que en la esfera social los adultos mayores también indican necesidades de integración e intercambio social, ya que es de vital importancia el desmontaje de la creencia que por ser mayores se detiene el proceso motivacional (López, 2018). De manera general, como se ha expresado en párrafos anteriores, los cambios ocurridos en esta etapa están mediatizados por la personalidad y son vivenciados de forma diferente por cada persona, lo que quiere decir que repercuten positiva o negativamente en este, en dependencia de las propias características individuales. Los cambios propios de esta edad son en sí mismos conformadores y transformadores de los sentidos subjetivos de los adultos mayores acerca de los fenómenos de su realidad (Arencibia, 2015). La idea de educación a lo largo de la vida, por cierta y extendida, es un avance que abarca a todos los seres humanos, independientemente de la edad. Envejecer aprendiendo constituye una oportunidad para vivir la adultez mayor de un modo cualitativamente superior, una oportunidad emergente en sociedades envejecidas y cada vez más demandadas de transformaciones estructurales en su tratamiento. Es la educación para la vejez, en la vejez y para quienes abordan o atienden la vejez una poderosa estrategia en pos de lograr cambios en el imaginario social, acción que constituye la génesis de movimientos más profundos en el quehacer social y político para/con las personas mayores (Orosa y Sánchez, 2020). Tal y como expresan Yuni y Urbano (2016), entre los nuevos dispositivos socioculturales están aquellos de carácter educativo, los cuales destacan la forma en que el aprendizaje en edades avanzadas ha contribuido a desestabilizar el imaginario social tradicional de la vejez y, por tanto, al mejoramiento de la calidad de vida en este período etario. Son diversos los programas dirigidos a este grupo etario, los cuales se han ido implementando en coherencia con una educación continua y permanente (ONU-CEPAL, 2007), donde se sostiene el valor de su accesibilidad como estrategia garante de la inclusión e integración social de los mayores (Huenchuan, 2018). Estos programas se encuentran, en su mayoría, adscritos a los centros de educación superior de cada país, aspecto que refuerza la naturaleza y encuadre universitario de las actividades educativas en la vejez. Por tanto, mientras que en otros países la educación de adultos dirige políticas urgentes de alfabetización y de incorporación de sectores marginados, en Cuba se enfrenta una situación diferente, pues el adulto mayor cuenta como promedio con un nivel educacional alto y un elevado protagonismo en la sociedad, por lo que expresa nuevas necesidades de continuidad de estudios, de actualización, de transmisión de experiencias. Esto implica que para emprender acciones educativas se requiere de un conocimiento adecuado de esta edad, pues no se deben ignorar las verdaderas potencialidades de estas personas (Orosa, 2001). Hoy Cuba exhibe logros importantes en materia de educación permanente y uno de los más significativos, a nuestro modo de ver, es la atención que en materia de educación se le ofrece a los adultos mayores. El paradigma de educación para todos que promulga la universidad cubana demanda para los adultos mayores una actividad pedagógica promotora del desarrollo humano, es decir, la consecución de las capacidades que permitan a las personas ser protagonistas de su bienestar (Acosta, 2010). Sin embargo, uno de los retos de los planes educativos de los adultos mayores es dotarlos de los recursos necesarios para su desarrollo intelectual y emocional, de manera que puedan conocerse mejor y relacionarse positivamente con el mundo en que viven, pues esta es otra etapa de la vida en la que continúa desarrollándose la personalidad y las capacidades para aprender (Ídem). El paradigma construido de gestión de cultura gerontológica va atravesando, en espiral y desde la base de la educación, plataformas ascendentes en la disponibilidad de espacios de seguridad, de empoderamiento, liderazgo y transformación. No es casual que hoy los mayores hayan ido logrando nuevos espacios en la sociedad; esto se debe al empoderamiento que trae consigo el estar actualizado y sentirse parte de los programas de educación del país. Para su inclusión en cualquier estrategia o política pública, el factor educativo es fundamental, porque no se puede participar en lo que se desconoce (Orosa y Sánchez, 2020). El programa de la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor (CUAM) ha devenido un paradigma de cómo la inclusión educativa permite la inclusión social. La CUAM en el país no solo cumple con la responsabilidad social de extenderse a las comunidades, sino que también se prestigia con la inclusión de las personas mayores como memoria histórica social en sus aulas y sus acciones. No es por resoluciones ni por un resultado casual que hoy los mayores van logrando nuevos espacios en la sociedad: es por el empoderamiento que trae consigo estar actualizado y sentirse parte de los programas de educación del país (Orosa, 2006). La CUAM forma parte de los programas que la Revolución ha puesto en marcha con la tarea primordial de brindar atención a aquellas personas que han arribado a la tercera edad. Dentro de sus principales objetivos se encuentran: brindarles oportunidad de participación social, contribuir, a través de la educación, a desarrollar una cultura para el envejecimiento, a la reafirmación de sus potencialidades y a la búsqueda de un espacio para propiciar el desarrollo intelectual, emocional y la preparación de los ancianos con vistas a ofrecerle una mayor calidad de vida (Acosta, 2010). En aras de fomentar espacios de sensibilización y de una nueva cultura gerontológica, la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor, además de desarrollar cursos dedicados a las personas mayores, también ha aportado a la capacitación sobre el tema a través de cursos dirigidos a quienes despliegan acciones a favor de la atención a los mayores (Orosa, 2021). Todo lo fundamentado anteriormente resalta la importancia y necesidad de fomentar una nueva cultura gerontológica que, como expresara la Dra. Teresa Orosa, sea una cultura libre de paternalismos, gerofobias y discriminaciones, que permita asumir la llegada a la vejez de forma plena y con espacios de entorno cultural que permitan la percepción de su bienestar. En esencia, la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor ha logrado convertirse en expresión de buenas prácticas para colocar a la educación a lo largo de la vida como un derecho ciudadano, hacerlo accesible como programa a nivel de barrio, sostenible por la autogestión de sus miembros y por la defensa de los mayores, no solo como beneficiarios de proyectos, leyes y programas, sino como entes activos en la solución, atención y desafíos del creciente envejecimiento de la población. El programa no solo gestiona conocimientos desde el punto de vista de la apropiación de conceptos, sino también desde la imagen, despatologización de la edad, derechos, diálogos, tradiciones, cultura y, por supuesto, espacios de ciudadanía, lo que trae consigo que se gestione por sí misma una imagen nueva en la medida en que los adultos mayores se apropian de espacios no tradicionales, lo cual genera nuevas miradas del envejecer. Por tanto, uno de los principales resultados, en el orden espiritual, ha sido la aceptación de la edad y la formación de una identidad adecuada. Este programa de educación para mayores ha trabajado precisamente en ese sentido: no hacia la consigna de una eterna juventud, sino hacia la consigna de una vejez digna (Orosa y Sánchez, 2020). A su vez, el programa de la CUAM ha contribuido al mejoramiento del imaginario social de la vejez. En particular, ha tributado al proceso de aprender, desaprender y reaprender, como persona mayor en sociedad. Ha generado espacios y oportunidades de reinserción social y de diálogo intergeneracional. Asimismo, se erige como red de apoyo social y generador de posibilidades de seguir siendo y haciendo en la vejez (Ídem). Sin duda, el bienestar de los mayores es y continuará siendo una de las directrices de la CUAM. Un bienestar en un panorama diferente y con significativas afectaciones en la autonomía de esta población; por tanto, las acciones para promoverlo deben estar a tono con las nuevas condiciones sociales, realidades individuales y necesidades personales de los adultos mayores (Orosa y Sánchez, 2020). Como se ha expresado, el proceso de envejecimiento se ha convertido en un desafío para los sistemas de atención de salud, seguridad social y más recientemente para los más diversos sectores sociales, pues se debe trabajar de conjunto hacia el mejoramiento y readaptación de toda la sociedad y su entorno. Comprender que la vejez es una etapa de la vida, no un retorno a la juventud o a la niñez, pues quien ha logrado llegar a ella ha elaborado numerosos eventos y ganado experticia en el manejo de diversas situaciones, en especial durante el largo y enriquecedor período de la etapa anterior de la vida, es decir, la madurez en la adultez media (Orosa, 2021). Todos los cambios que se producen asociados a la edad pueden ser convertidos en fuente de desarrollo personal si se saben aprovechar los espacios y las condiciones que permiten resolver los problemas y mantener los niveles físicos, psicológicos y sociales adecuados. Uno de esos espacios es, sin duda alguna, la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor (García Simón, 2008). Sin embargo, si la vejez es negada o enajenada simbólicamente en sus anclajes individuales y sociales, su abordaje negará total o parcialmente sus significaciones, representaciones y realidades prácticas. Todo ello se ha constituido en barrera para el quehacer y, a la vez, reto para la CUAM: cumplir la misión paralela de redimensionar «lo viejo», «los/as viejos/as» desde la educación, en una nueva cultura gerontológica; asistir como protagonista clave en el esfuerzo aunado de influir sobre los procesos políticos y sociales vinculados a la vejez y el envejecimiento (Orosa y Sánchez, 2020). Es importante que el adulto mayor reconozca sus potencialidades, lo que le permitirá tener una percepción más positiva de la etapa por la que transita, una mayor aceptación de sí mismo y de sus coetáneos, que satisfaga sus necesidades de comunicación y transmisión de la experiencia acumulada, lo que se logrará con el apoyo de la familia, los compañeros y amigos y las posibilidades que ofrecen los espacios educativos, como es el caso de la CUAM (García Simón, 2008). 1.2. Autoconcepto. Análisis teórico 1.2.1. Aproximaciones históricas al constructo de autoconcepto La psicología, desde sus mismos inicios como disciplina científica hasta nuestros días, ha prestado atención preferencial al autoconcepto. Por ello, se han ofrecido definiciones y explicaciones psicológicas variadas sobre la naturaleza y formación del autoconcepto. La mayor diferencia entre las distintas teorías es que unas resaltan particularmente el papel que juegan los influjos ambientales, mientras que otras destacan el proceso constructivo individual (Goñi y Fernández, 2007). El término autoconcepto es acuñado a finales del siglo XIX. Este tiene su génesis en los estudios de psicología realizados por William James, reconocido como el primer psicólogo que desarrolló la teoría del autoconcepto y que estableció un esbozo de lo que hoy sería la concepción jerárquica y multidimensional del mismo. Este lo definió asimismo como una construcción psicológica central, que incluye todos los elementos de la vida del individuo, considerados como propios, los mismos que le proporcionarán el sentido de identidad (Guido, Mujica y Gutiérrez, 2011). A mediados de los años sesenta se comienzan a construir dos grandes modelos para el estudio del autoconcepto: por un lado, el unidimensional y, por otro, el multidimensional. En principio, se defendió el modelo unidimensional, basado en la idea de que las percepciones que cada cual tiene de sí mismo forman un todo indivisible y global; plantea que hay un único autoconcepto que se pone en juego en diferentes contextos y que sirve para justificar las diferentes conductas del individuo. Este modelo tiene como principales exponentes a Rosenberg (1962, citado por Veliz Burgos, 2010) y Coopersmith (1967, citado por Véliz-Burgos, 2010; Pabago, 2021). Por lo que, según Cazalla-Luna y Molero (2013), para poder entender el autoconcepto propio había que evaluar esa visión general, lo cual implicaba que el autoconcepto era estático, no cambiante y único en la vida de toda persona, lo que conllevaba que otros aspectos o dimensiones no ejercieran influencia alguna en su percepción. Epstein mantuvo que «el autoconcepto es una teoría del sí mismo, es una teoría que el individuo ha construido inadvertidamente como resultado de sus experiencias en el medio social» (Epstein, 1974, citado por Trianes, 2012). Al hacer una revisión de varios autores, se recogen características comunes del autoconcepto en sus diferentes definiciones, que se presentan a continuación:  Conjunto de conceptos consistentes, jerárquicos y organizados.  Realidad compleja compuesta por diversos autoconceptos más concretos, como son: físico, social, emocional, académico.  Realidad dinámica modificable con la experiencia, que forma nuevos datos e informaciones.  Experiencias sociales con personas significativas inciden en el desarrollo del autoconcepto.  La organización del autoconcepto proporciona sentimiento de seguridad e integridad. Desde la década de los setenta del siglo pasado se empieza a considerar al autoconcepto como un constructo multidimensional, cuyos componentes corresponden a los diferentes dominios de la vida, los cuales serán organizados, jerárquicos y estructurales y en correspondencia con la evolución del individuo. En la actualidad, la teoría de Shavelson (1976) es la más seguida (Cazalla-Luna y Molero, 2013; Lekue, 2010; Molero, Ortega- Álvarez, Valiente y Zagalaz, 2010). La propuesta de Shavelson et al. (1976) adquiere un matiz diferente, ofrece un modelo en el que se resalta la naturaleza multidimensional y jerárquica del autoconcepto. Dicho modelo constituye la propuesta más emblemática, evidencia una solidez empírica en las investigaciones y en el análisis de la dimensionalidad, por lo que es el más utilizado en la actualidad a la hora de definir el autoconcepto. Estos autores definen el mismo con referencia a siete aspectos fundamentales:  Está organizado o estructurado: Esto significa que las personas categorizan la información que reciben acerca del mundo y de sí mismos y utilizan estas categorías para representarse a sí mismos. El autoconcepto es una estructura psicológica donde el individuo adopta un sistema de categorización particular que da significado y organiza las experiencias de la persona; las categorías representan una forma de organizar las experiencias propias y de atribuirles un significado en función de las circunstancias personales, familiares y culturales.  Es multidimensional: Está compuesto por dimensiones y estas en particular reflejan a las personas y el sistema de categorías adoptado por un individuo en particular o por un grupo de individuos.  Su estructura es jerárquica: Con la percepción de la conducta personal en situaciones específicas que está en la base de la jerarquía se van construyendo inferencias acerca de diversos dominios (por ejemplo: social, físico y académico); de allí se forma la mitad de la estructura jerárquica y por encima se halla el autoconcepto global.  El autoconcepto global es estable; sin embargo, mientras va descendiendo el mismo va a ir dependiendo de situaciones más específicas. Su variabilidad depende de su ubicación en la jerarquía: donde se ubique será la estabilidad, de manera que las posiciones en descendencia o inferiores son más variables, más susceptibles. Si se pretende el cambio del autoconcepto general, se necesitan cambios de situaciones específicas.  El autoconcepto incrementaría su multidimensionalidad en la medida en que se avanza de la infancia a la adultez.  Tiene un carácter descriptivo y uno evaluativo. Esta evaluación sería ideal en algunas circunstancias, una reflexión personal relativa a la comparación con los pares y las expectativas de otros. Además de aspectos descriptivos, también tiene aspectos evaluativos: no solo incluye la imagen de uno mismo, sino también la valoración de esa imagen; esta dimensión evaluativa varía en importancia y significado, dependiendo de los individuos y las situaciones. Esta valoración diferencial depende, probablemente, de la experiencia pasada del individuo en una cultura y sociedad particular, en una familia, etc.  También existirían diferencias con las dimensiones específicas del autoconcepto. Es diferenciable de otros constructos con los cuales está relacionado teóricamente (habilidades académicas, autocontrol, habilidades sociales, físicas, entre otros). Desde este modelo multidimensional se toma en cuenta la relación del sujeto con la institución educativa/laboral, las habilidades y el aspecto físico y social. Por ende, al ser multidimensional y jerárquico, cada factor se puede relacionar con las diferentes áreas del comportamiento (Pabago, 2021). Vigotsky (1925, citado por Palacios, 2003, p. 231) plantea que la individualidad «se refracta a través del prisma de las relaciones con otras personas», lo cual está en relación con la relevancia que él le asigna al papel de las relaciones intersubjetivas como factor determinante de la conciencia de quiénes somos. Desde una perspectiva dialéctica, Vigotsky señala el desarrollo de un «yo» intrapsíquico como producto de procesos sociogenéticos a lo largo de la vida del sujeto situado. Para Vigotsky (1930), la subjetividad es la unidad entre lo simbólico y lo emocional, lo cual constituye la unidad fundamental de la experiencia humana. Esta unidad, no reduccionista, adquiere un sentido fundamental que se reconfigura dinámicamente en la acción semiótica. Esto implica la no reducción a la palabra como única causa de la subjetividad, sino la integración de esta en un sistema de actividad dinámico (Engeström, 1999). Para la corriente cognitiva conductual se establece que el autoconcepto parte de diferentes estructuras cognoscitivas, es decir, el sujeto se forma esquemas mentales de sí mismo que guían su comportamiento intrínseco y el modo en que se relaciona con los demás. También menciona que por las percepciones de las experiencias únicas, en combinación con los rasgos de la personalidad, habilidades y autoimagen, la persona se autovalora y puede llegar a tener ideas irracionales de sí misma (Rodrigo y Palacios, 2014). Asimismo, explican que para que se forme el autoconcepto intervienen factores como el estado físico, la estructura familiar de origen, el estado socioeconómico, propiedades como la vivienda, los objetivos establecidos en la vida o el dinero ahorrado a lo largo del tiempo, los cuales generan un determinado estado de bienestar o malestar en la persona (Goñi, 2008). 1.2.2. Autoconcepto. Conceptualización El autoconcepto es una de las variables más relevantes dentro del ámbito de la personalidad, tanto desde una perspectiva afectiva como motivacional, pues juega un papel decisivo y central en el desarrollo de la personalidad, tal como lo destacan las principales teorías psicológicas. Un autoconcepto positivo está en la base del buen funcionamiento personal, social y profesional, dependiendo de él, en buena medida, la satisfacción personal y el sentirse bien consigo mismo. Al ser el autoconcepto un término que engloba grandes aspectos psicológicos y de la personalidad, su definición es diversa, al igual que sus componentes y su naturaleza, los cuales dependen en gran medida del autor y/o la línea psicológica que estos sigan (Esnaola, Goñi y Madariaga, 2008). La literatura que aborda el autoconocimiento (conocimiento del ser humano sobre sí mismo) está llena de términos que tienden a ser usados e intercambiados entre especialistas e investigadores. La razón para esto es que tales términos provienen de escuelas con paradigmas teóricos distintos, algunos de los cuales son opuestos entre sí, por lo que han tenido un desarrollo histórico distinto. Sin embargo, es común que muchas de estas diferencias sean demasiado sutiles u oscuras, lo que lleva a una intensa confusión semántica en su estudio. El autoconcepto es un término psicológico que alude a un proceso de autoconocimiento, íntimamente ligado al modo en que las personas se valoran a sí mismas y realizan comportamientos intra e interpersonales (Guitrón, 2013). Según los postulados de González y Tourón (1992), el autoconcepto es una estructura cognitiva, que contiene imágenes de lo que somos, de lo que deseamos ser y de lo que manifestamos y deseamos manifestar a los demás y, en definitiva, como plantean Núñez et al. (1998), son «percepciones que una persona mantiene sobre sí misma formadas a través de la interpretación de la propia experiencia y del ambiente». González (1999), al describir el autoconcepto, hace referencia a aspectos cognitivos o de conocimiento; lo define como el conocimiento y las creencias que el sujeto tiene de sí mismo en todas las dimensiones y aspectos que lo configuran como persona (corporal, psicológico, emocional, social, etc.) García-Caneiro (2003) lo define como un conjunto de referencias que el sujeto tiene sobre sí mismo; como conjunto de características, atributos, cualidades y deficiencias, capacidades, límites, valores y relaciones que el sujeto reconoce como descriptivos de sí y que percibe como datos de su identidad. Por su parte, para Fernández y Goñi (2008), el autoconcepto hace referencia a «las percepciones que el individuo tiene de sí mismo». González Pienda (1997) plantea que la imagen que uno tiene de sí mismo se encuentra determinada por la acumulación integradora de la información, tanto externa como interna, juzgada y valorada mediante la interacción de los sistemas de estilos y valores. Purkey (1970) lo define como «un sistema complejo y dinámico de creencias que un individuo considera verdaderas respecto a sí mismo teniendo cada creencia un valor correspondiente». Esnaola (2005) define el autoconcepto como los conocimientos que un individuo forma «a partir de la experiencia y las interpretaciones de su ambiente. Se encuentra influido especialmente por las evaluaciones de los otros significativos, los reforzadores y las atribuciones de la persona sobre su propia conducta». Sin embargo, a pesar de la pluralidad de definiciones referidas al autoconcepto, para esta investigación, específicamente, se retoman desde una visión integradora las concepciones de los dos autores clásicos que han trabajado dicho constructo. En este sentido, los ya citados Shavelson, Huber y Stanton (1976) lo definieron como: «las percepciones del individuo sobre sí mismo, las cuales se basan en sus experiencias con los demás y en las atribuciones que él mismo hace de su propia conducta». Por su parte, García y Musitu (1999) plantean que: El autoconcepto es un constructo que define la percepción que tenemos de nosotros mismos, una estructura que abarca varias dimensiones que deben estar en equilibrio para alcanzar el nivel de realización y satisfacción personal consigo mismo, necesario para dotarnos de un estado vital saludable. Comprende acciones y situaciones moldeables desde el ámbito familiar, social y educativo que condicionan su configuración. Depende, por tanto, de la percepción subjetiva que el individuo tiene de la evaluación que de él realizan otras personas, en particular aquellas que le resultan más relevantes. Estas consideraciones trascienden hoy día sin perder la esencia del constructo. De esta manera, Cortés y Noaba (2022) plantean que: […] el autoconcepto es un constructo psicológico constituido por las propias experiencias, interpretaciones, representaciones y pensamientos de la persona, consciente y coherente, organizado, multidimensional, estable en su fundamento y variable en sus particularidades, específico, evaluativo, no innato ni impuesto, flexible y adaptativo, de origen individual en los órdenes cognitivo, emocional, volitivo, físico, moral, aptitudinal, actitudinal y conductual, y de construcción social a partir de las percepciones y opiniones de otros significativos, que se desarrolla y verifica al interior de las relaciones interpersonales, para delimitar una comprensión de sí mismo y establecer una identidad basada en la diferenciación. Se resaltan aquí presupuestos importantes:  No es heredado, sino que es el resultado de la acumulación de autopercepciones obtenidas a partir de las experiencias vividas por el individuo en su interacción con el ambiente (Núñez y otros, 1998).  Se integra con elementos cognitivos, emocionales y de comportamiento, que se relacionan con la formación de la identidad y el desarrollo íntegro del sujeto (Fox, 2000).  Permite aprender, de la interacción con los otros, las alternativas estratégicas para regular el propio comportamiento e involucrarse en la autorreflexión. También permite percibir y comprender las propias competencias en las relaciones interpersonales y emocionales para poder modificarlas en los distintos contextos de la actividad humana (Pabago, 2021).  Se considera una necesidad humana profunda y poderosa, básica para una vida sana, con un buen funcionamiento y para la autorrealización (Vera y Zebadúa, 2002).  Está estructurado sobre un conjunto de características, atributos, cualidades y deficiencias, capacidades, límites, valores y relaciones que el sujeto reconoce como descriptivos de sí y que percibe como datos de su identidad (Guitrón, 2013). El autoconcepto desempeña un título importante en el bienestar subjetivo a lo largo de la vida. Reconocer el importante papel que desempeña el autoconcepto en el bienestar personal viene desde siglos atrás, pues en algunas civilizaciones poseía gran relevancia tener un autoconcepto como factor que determina un comportamiento que constituye un camino de crecimiento y de integridad personal (Herzog, Franks, Markus and Holmberg, 1998). En general, el autoconcepto es un constructo que se ha visto modificado muchas veces debido a las transformaciones biológicas, psicológicas y sociales que ocurren en la vida de los seres humanos. La explicación de lo anterior permite analizar que el autoconcepto es una categoría que se puede estudiar e investigar en cada una de las etapas del desarrollo del individuo, lo que quiere decir que dicho constructo se muestra como resultado del proceso de construcción y reconstrucción subjetiva e individual que se va desarrollando a lo largo del ciclo vital. Las diversas perspectivas de los autores estudiados y sus fundamentos teóricos y autores base evidencian que la visión y definición del constructo psicológico de autoconcepto ha evolucionado y se ha consolidado conceptualmente a través del tiempo, principalmente desde inicios del siglo XX hasta el presente (Cortés y Noaba, 2022). Haussler y Milicic (1994) postulan la existencia de tres etapas en la formación del autoconcepto:  La primera etapa es la etapa existencial o del sí mismo primitivo, que abarca desde el nacimiento hasta los dos años y en la que el niño va desarrollándose hasta percibirse a sí mismo como una realidad distinta a los demás.  La segunda etapa corresponde a la del sí mismo interior y va hasta los doce años, abarcando la edad preescolar y la escolar. Es la etapa más abierta a la entrada de información y, en ese sentido, es crucial el impacto del éxito y el fracaso, así como la relación con los adultos significativos. Así, en la edad escolar el autoconcepto tiene carácter ingenuo, es decir, la forma en que el niño se ve a sí mismo depende casi totalmente de lo que los otros perciben y le comunican. Una de las figuras más importantes en esta etapa es la del docente, que influye en la imagen que el alumno tiene de sí mismo como estudiante, fundamentalmente debido a la extensa cantidad de tiempo que interactúa con el alumnado y la importancia que tiene para los escolares por el rol que cumple.  En la tercera etapa, denominada del sí mismo interior, el adolescente busca describirse en términos de identidad, haciéndose esta etapa cada vez más diferenciada y menos global. Es un momento crucial para la definición de su autovaloración social. De ahí en adelante el autoconcepto se va consolidando, haciéndose más estable, estructurado y diferenciado. El estudio del autoconcepto continúa siendo uno de los grandes retos de la investigación psicológica. En la ciencia psicológica actual, el modelo teórico sobre autoconcepto más generalizado dentro de la comunidad científica, aunque no exento de críticas, es el modelo de Shavelson, Hubner y Stanton (1976). Es este modelo y esta concepción de autoconcepto la que es asumida en la presente investigación. El autoconcepto es un constructo personal que permite al individuo ejercer cierto control sobre sus pensamientos, sentimientos y acciones. Este sistema personal permite aprender, de la interacción con los otros, las alternativas estratégicas para regular el propio comportamiento e involucrarse en la autorreflexión. También permite percibir y comprender las propias competencias en las relaciones interpersonales y emocionales para poder modificarlas en los distintos contextos de la actividad humana. Este constructo está íntimamente relacionado con las consecuencias de las evaluaciones que realiza el sujeto, fruto de la actividad con su entorno y de las creencias que se construyen en esta interacción y que proveen los mecanismos de referencia para la conducta personal. De esta manera, las creencias actúan como un filtro interpretativo de la realidad. 1.2.3. Multidimensionalidad del autoconcepto Al igual que existen en la literatura diversidad de definiciones respecto a este constructo, también existen multiplicidad de variantes de las dimensiones que componen el autoconcepto. Sin embargo, existen tres de ellas que son las más utilizadas en la investigación científica. Shavelson, Hubner y Stanton (1976), al ser los pioneros en la multidimensionalidad del autoconcepto, consideran que este está formado por varias facetas del global: académico (constituido por el autoconcepto de las diferentes materias escolares) y no académico (social, emocional y físico). El primero se subdivide en tantos subdominios como materias escolares existan, y el segundo se fracciona, a su vez, en un dominio social, otro emocional y un tercero de carácter físico. Estos tres dominios se parcelan de nuevo en niveles jerárquicamente inferiores: el autoconcepto social está configurado por la percepción de las relaciones con los compañeros y por la de las relaciones con otras personas significativas; el emocional está determinado por diversas facetas para cada estado emocional concreto; y el físico se subdivide en apariencia física y habilidad física (véase figura 1). Figura 1. Estructura dimensional del autoconcepto Fuente: R. J. Shavelson, J. J. Hubner y G. C. Stanton (1976). Self-Concept: Validation of Construct Interpretations. Review of Educational Research, 46(3), 407-441. La multidimensionalidad del autoconcepto y su división factorial, apoyada estadísticamente, es explicada por Shavelson, Stanton y Hubner en su artículo de 1976, donde los datos de cuatro de los cinco instrumentos sugirieron que el autoconcepto general puede dividirse en diferentes dimensiones (característica multifacética). Existe, además, otra organización dimensional del autoconcepto, muy seguida en la literatura científica, derivada de la primera presentada. Esta explica que el autoconcepto contiene cuatro dimensiones: física, social, personal y académica (Esnaola, Goñi y Madariaga, 2008). En este modelo aparece por primera vez el autoconcepto personal, el cual es definido por estos autores como la idea que cada persona tiene de sí misma en cuanto ser individual. A su vez existen subdimensiones: el autoconcepto físico incluye la habilidad física, la condición física, el atractivo físico y la fuerza. El autoconcepto personal recoge el autoconcepto afectivo-emocional, el autoconcepto ético-moral, el autoconcepto de la autonomía y el de la autorrealización. En el caso del autoconcepto social, lo componen la aceptación social y la competencia social. Y el autoconcepto académico, que se subdivide en matemático (con todas las materias que lo componen), el verbal y las materias que lo componen, y el autoconcepto artístico (véase figura 2). Goñi (2009), con base en Rosenberg (1979), destaca tres grandes áreas de análisis en el estudio del autoconcepto: a) Cómo el individuo se ve a sí mismo: Comprende las características físicas, las identidades sociales y los atributos personales. b) Cómo le gustaría verse: Comprende el yo mismo ideal (todo lo que aspira a alcanzar estará determinado por lo que el individuo mismo cree que es capaz de tener). c) Cómo se presenta a sí mismo: Implica el cumplimiento de metas y objetivos que impliquen a otra gente. Su último fin es la aprobación social, lo que determina su comportamiento a lo socialmente aceptable. Figura 2. Dimensiones del autoconcepto Fuente: Elaboración propia. Figura 3. Descripción del autoconcepto académico Existe, además, la concepción de Burns (1990, citado por Abello et al., 2011), que define el autoconcepto como conjunto organizado de actitudes que poseen los individuos, entendiendo que tales actitudes están constituidas por tres componentes: a) Componente cognitivo (autoimagen): Burns (1990) resalta que este es lo que el individuo observa cuando se visualiza a sí mismo. Por autoimagen se entiende la representación o percepción mental que el sujeto tiene de sí mismo. Es la descripción del conjunto de rasgos con el que nos percibimos a nosotros mismos y que guían nuestro modo habitual de ser y de comportarnos. b) Componente afectivo y evaluativo (autoestima): Son los afectos, emociones y evaluaciones que acompañan la descripción de uno mismo. Para Coopersmith (1967, citado por Abello et al., 2011), en la autoestima interviene una evaluación de sí mismo, sumada a la actitud de rechazo o aprobación, por lo que este es un juicio personal de valía, que es expresado a través de actitudes que tiene el individuo hacia sí mismo. c) Componente conductual o tendencia comportamental (autocomportamiento): El concepto que un individuo tiene de sí mismo influye claramente en su conducta. Gran parte del comportamiento está condicionado por el autoconcepto, puesto que el individuo se comporta de acuerdo con el autoconcepto que posee. Markus y Nurius (1986, citados por Abello et al., 2011), en la teoría sobre las concepciones de los posibles selves, ponen de manifiesto el importante papel que desempeña la motivación en el autoconcepto. Este no solo afecta al comportamiento, sino que también sus percepciones se ven condicionadas, como si el individuo viera, oyera y valorara todo a través de un filtro (Abello et al., 2011). Para esta investigación se siguió la estructura dimensional definida por García y Musitu (1999), que incluye el autoconcepto académico/laboral, el autoconcepto emocional, el familiar, el social y el físico. A continuación, se definirá conceptualmente cada dimensión, desde la perspectiva de sus autores principales, las cuales son enriquecidas sobre la base de los fundamentos teóricos y metodológicos asumidos por la autora de la investigación (véase figura 4).  Autoconcepto académico-laboral: Se refiere a la percepción que el individuo tiene de la calidad del desempeño de su rol como estudiante y como trabajador. La dimensión hace referencia a dos ámbitos o escenarios: el académico y el laboral, que en realidad, en este caso específico, es más una diferenciación de períodos cronológicos que de desempeño de roles, puesto que ambos contextos (laboral y académico) son dos contextos de trabajo (García y Musitu, 2009).  Autoconcepto emocional: Hace referencia a la percepción de la persona de su estado emocional y de sus respuestas a situaciones específicas, con cierto grado de compromiso e implicación en su vida cotidiana (García y Musitu, 2009). Esta dimensión abarca la esfera afectivo-emocional (cómo se ve a sí misma en cuanto a ajuste emocional o regulación de sus emociones), la autonomía (percepción de hasta qué punto decide cada cual sobre su vida en función de su propio criterio) y la autorrealización (cómo se ve una persona a sí misma respecto al logro de sus objetivos de vida) (Cazalla-Luna y Molero, 2013). Figura 4. Dimensiones del autoconcepto Fuente: Elaboración propia.  Autoconcepto familiar: Conjunto de pensamientos y sentimientos que tienen las personas respecto a su manera de relacionarse y a su participación e integración con su medio y grupo familiar. Esta dimensión se organiza y hace evidente desde la confianza y el afecto en las relaciones familiares, manifestadas en la aceptación, felicidad y apoyo que cada persona encuentra en la familia, o en la decepción, crítica y no aceptación expresadas por la familia (García y Musitu, 2009).  Autoconcepto social: Se refiere a aquel en el que el sujeto tiene determinado conocimiento respecto a su nivel de competencia, aceptación y responsabilidad social. La competencia social alude a la percepción que tiene el sujeto de su capacidad para relacionarse interpersonalmente; la aceptación social está relacionada con la forma en que este piensa que es reconocido como parte de determinados grupos, y la responsabilidad social hace referencia al modo en que cree que él es o se comporta respecto a otros (Goñi y Fernández, 2007).  Autoconcepto físico: Percepción que tiene la persona de su aspecto físico y de su condición física (García y Musitu, 2009). Se subdivide en habilidad física, condición física y atractivo físico (Fraile y Sancho, 2013). Para Alcaide (2009), un punto de vista generalizado sobre el desarrollo del autoconcepto y especialmente el de los autores que trabajan bajo la perspectiva de la multidimensionalidad estructural y funcional, o el de aquellos con un punto de vista parecido, es que su evolución camina desde una etapa inicial, principalmente indiferenciada, a una progresiva diferenciación con el paso del tiempo. Además, también existe cierto acuerdo en suponer que a lo largo de los años en que el autoconcepto se forma, las facetas del mismo tienen diferente peso y su importancia explicativa también varía. En general, las descripciones que los adolescentes realizan de sí mismos, a medida que aumenta la edad, se vuelven más complejas y sutiles. Pero, además de su complejidad, las autodescripciones también varían respecto a las áreas más significativas y, finalmente, se refieren cada vez más a aspectos relacionados con atributos de personalidad, intereses y aficiones, ideas, actitudes y valores. Autoconcepto y su relación con otras variables En el estudio del autoconcepto han sido numerosos los términos que se han empleado para referirse a él: autoestima, autoconcepto, autoimagen, autopercepción, yo, self, ego, autoconciencia, noción de sí, autoevaluación, autovaloración, autovalía, autosentimiento, sí mismo, percepción de sí, aceptación de sí, concepto del yo, autorrespeto, identidad, autoidentidad, autoimagen, actitud hacia sí mismo (Rodríguez, 2008). La relación entre autoestima y autoconcepto ha sido descrita por González (1999) al explicar que, en cualquier caso, la valoración que un sujeto va a hacer de sí mismo puede ser positiva o negativa, alta o baja, adecuada o inadecuada. Sin embargo, en la medida en que un sujeto se percibe positivamente, se acepta y se siente competente para afrontar los retos y responsabilidades que la vida le plantea, su autoestima es alta. Por el contrario, cuando un sujeto piensa negativamente sobre sí mismo, se autorrechaza y se autodesprecia, se considera incapaz de resolver con éxito cualquier tarea o situación, su autoestima es baja. García y Musitu (2009) también expresan que la delimitación conceptual de autoconcepto y autoestima no está clarificada, puesto que ambos términos se utilizan sin hacer distinción cuando se describe al sujeto en cuanto a los pensamientos y sentimientos que tiene de sí mismo. Al señalar la postura de «no diferenciación», García y Musitu (2009) citan a Shavelson, Hubner y Stanton (1976), quienes refieren que los enunciados que describen y los que evalúan al sujeto no son lo mismo, pero que también estos se relacionan de manera empírica. A la vez, Watkins y Dhawan (1989, citados por Arancibia, et al., 2008) indican que tanto el autoconcepto como la autoestima se pueden diferenciar indudablemente, coincidiendo con Zeleke (2004, citado por Arancibia et al., 2008), quien refiere que tanto autoconcepto como autoestima son constructos diferentes, por lo cual pueden ser estudiados por separado. Para los teóricos Brinkmann, Segure y Solar (1989, citados por Arancibia et al., 2008), la autoestima se desarrolla a partir del autoconcepto, sobre la base de cómo valora positiva o negativamente el sujeto sus características, atributos y rasgos de personalidad, incluyendo emociones que asocia con ellas y actitudes que tiene respecto de sí. Con lo cual, según Branden (1989, citado por Arancibia et al., 2008), se define la autoestima como el componente evaluativo del autoconcepto, que incluye dos aspectos: la autoeficacia (la convicción de ser competente y valioso para otros) y la autovaloración (emociones, afectos, valores y conductas respecto de sí mismo). A modo de conclusión, existe una diferencia entre autoestima y autoconcepto. La autoestima es la valoración del sujeto de sí mismo, y el autoconcepto se relaciona con las cogniciones de un individuo acerca de sí mismo. El autoconcepto sería el referente de la autoestima (Arancibia et al., 2008). El papel del autoconcepto, en relación con la conducta, es el de un auténtico regulador del comportamiento, un mediador entre los esquemas que el individuo posee y las distintas posiciones que deberá adoptar para dar cumplidas respuestas a las sucesivas demandas que se le van presentando. Adquiere así experiencias que enriquecen sus esquemas y que volverá a usar en las futuras circunstancias a las que se vea sometido. Todo supone que el sujeto consigue una mayor conciencia sobre sí mismo para tomar decisiones y actuar en consecuencia. Los estudios muestran que aquellas personas orientadas al éxito tienden a ser competentes y trabajadoras; se plantean metas que frecuentemente están por encima de sus habilidades y competencias y presentan un locus de control interno y un autoconcepto con mayor peso en las variables vinculadas con la sociabilidad y el trabajo. A su vez, aquellas con una percepción de evitación del fracaso con frecuencia presentan un locus de control externo y un autoconcepto centrado en la persona, en el trabajo y en la ética (Laborín y Vera, 2000). El adulto mayor que vive con la pareja o con los amigos tiene mejor calidad en su percepción de sí mismo y mayor puntaje en el locus de control interno y en la orientación al éxito, lo que habla de la manera en que se relacionan estos constructos con la cantidad y calidad del tipo de relación social (Goldstein, 1998). Existe una gran discrepancia en las teorías que sustentan la relación entre el autoconcepto y la educación, y es que algunos estudios manifiestan que el autoconcepto tiene una repercusión directa sobre la educación. Otros expresan que los resultados académicos influyen directamente sobre el conocimiento de sí mismo, mientras que otros sostienen que existe una relación recíproca. Lo que sí queda claro es, como plantea Luna (2013e), que el concepto de sí mismo «constituye un aspecto importante para los modelos de enseñanza-aprendizaje». La importancia del autoconcepto en el proceso de enseñanza-aprendizaje se debe a que en el éxito o fracaso escolar influyen no solo las capacidades de los alumnos, sino también lo que cree que es capaz de hacer (Luna, 2013, p. 19). Asimismo, el autor expresa que «el concepto que el alumno tiene de sí mismo condiciona toda su actividad escolar, sus esfuerzos y sus niveles de motivación y aceptación» (Ídem). Un bajo autoconcepto físico parece encontrarse, de un lado, unido a una sensación más pobre de bienestar y, de otro lado, a unas puntuaciones más altas en ansiedad, depresión o trastornos alimentarios; y viceversa, quienes poseen unas autopercepciones físicas más positivas refieren un mayor bienestar psicológico y un malestar más reducido. 1.3. Autoconcepto en adultos mayores La Organización Mundial de la Salud, en el año 2017, hizo mención al hecho de que el autoconcepto juega un papel decisivo y central en el desarrollo de la personalidad, por lo que, a partir de la visión de la tercera edad como etapa del desarrollo, el autoconcepto es fundamental para el adulto mayor y su desarrollo psicológico y social favorable, así como para la actitud con la que este asuma la vejez a partir de su percepción de los eventos biológicos y vitales a los que se somete, debidos a su situación social de desarrollo. El autoconcepto ha sido considerado un aspecto muy relevante para el bienestar personal. Es una gran estructura organizada, multidimensional y jerárquica, con un carácter global y estable. Si el autoconcepto desciende de su jerarquía global se vuelve más específico y menos estable, presentando así un constructo con entidad propia (Molero, Zagalaz y Cachón, 2013). Los elementos conformadores de identidad de esta edad, es decir, aquellos que propician su subjetividad como miembros de la tercera edad, son tomados generalmente de los prejuicios negativos que la cultura, como tendencia, ha reservado para la vejez. Es necesario, por tanto, comprender las particularidades de dicha edad sin propiciar su negación y asumir que se es viejo o anciano como miembro de una edad en desarrollo. Las características de esta edad y sus correspondientes prejuicios sociales dependen de las condiciones históricas concretas (Acosta, 2010). De acuerdo con la ONU (2011), la mayoría de los adultos perciben el proceso de envejecimiento como una pérdida de facultades, tanto físicas como mentales, y muy pocas personas toman esta etapa como un aspecto importante y positivo. El autoconcepto que un adulto mayor se forma está directamente relacionado con la calidad de vida que llevó a lo largo de todos los años anteriores (Morales y Arriaza, 2015). En la tercera edad se encuentra a la persona madura y comportamental dentro del aspecto psicológico; esto conlleva a un valor realista sobre sí mismo. La sociedad obliga a los adultos mayores a pasar por un proceso adaptativo, tanto a nivel individual como social, el cual termina afectando su autonomía muchas veces, ya que necesitan de otros para poder adaptarse adecuadamente (Vera, Laborín, Domínguez, Parra y Padilla, 2009). Al ser el envejecimiento un proceso biopsicosociocultural que conduce a diferentes cambios, es importante conocer cómo el individuo asume diferentes cambios y cómo estos influyen en la formación del autoconcepto. Por todo lo expuesto anteriormente, se recalca la importancia del autoconcepto como factor influenciable en el mantenimiento de estilos de vida saludables en las personas. Poseer un nivel razonable de autoconcepto positivo es fundamental porque influye poderosamente en la conducta y comportamientos de las personas. Cabe recordar que la salud de las personas viene dada por el estado de bienestar físico, social y mental, donde la dimensión psicológica es muy importante. Según la manera en que el adulto mayor se perciba a sí mismo, así serán su conducta y decisiones, por lo que existe una relación directa entre cómo la sociedad percibe al anciano y cómo este, en consecuencia, se ve a sí mismo. Vera, Laborín, Domínguez, Parra y Padilla (2009) sostienen que con la edad el autoconcepto positivo se va degradando, lo que convierte al adulto mayor en pesimista, pues adopta muchas veces un pensamiento catastrófico, se observa y percibe como un ser inútil o un obstáculo para su familia, lo que ocasiona en este un proceso de evitación del éxito, disminuyendo su autopercepción y su actitud de querer ayudar a los suyos. Bayés (2009) establece que con la llegada de la vejez disminuyen las funciones físicas y al mismo tiempo se afectan las áreas de desarrollo de la persona (familiar, social, laboral y personal). Igualmente, los cuidados deben ser más específicos y cautelosos; sin embargo, en la sociedad, la cultura es quien determina la inclusión de este grupo y es quien permite en buena medida la estabilidad del autoconcepto, ya que también dependerá de la idea que se genere de sí mismos. La población adulta tardía, al igual que todas las personas, inevitablemente presentan algunas necesidades de tipo emocional que en algún momento deben ser satisfechas, pues en esta etapa de la vida se producen pérdidas a nivel físico, psicológico y social, que de alguna manera afectan y pueden generar una serie de crisis en los adultos mayores (Becerra, Sierra, Pérez y Moreno, 2007). Crisis que tiende a aparecer o a agudizarse con posterioridad a la jubilación, pues el cambio en la planificación de la actividad y el ocio cambia radicalmente la percepción de sí mismos (Sáez, Aleixandre y Meléndez, 1995). Un estudio fenomenológico realizado por Ruiz (2013), citado por Morales y Arriaza (2015), acerca del modo de autoconcepto en el adulto mayor, explica la importancia que ha tenido para los adultos mayores y su formación positiva del autoconcepto, ser útiles a la sociedad, y aun después de la jubilación, el hecho de seguir vinculados a labores de trabajo en el campo, en cultivos, en las obligaciones del hogar, tejer y otros. Respecto a las diferencias en las dimensiones, las investigaciones científicas explican que las más afectadas por la vejez son las dimensiones familiar y física. Fernández (2011) encontró que como generalidad los adultos mayores poseen una autoimagen negativa de sí mismos, lo que se apoya además en un estudio realizado por Coronel, González y Cortés (2020), donde solo los adultos mayores que mantenían la práctica constante de actividad física presentaban altos niveles de autoconcepto. Una investigación realizada por Sieghart (2012) obtuvo como resultado que en el autoconcepto, en la dimensión social y emocional, se encontraron resultados normales en ambos sexos, mientras que a nivel familiar se presentaron diferencias significativas en cuanto al sexo. Dichos resultados apoyan los hallazgos de la investigación realizada por Morales y Arriaza (2015), quienes al explorar el autoconcepto familiar refieren que los momentos determinantes que hay en la configuración del mismo en la persona de la tercera edad son, más que nada, la relación familiar a lo largo de su vida. Tener hijos fue fundamental en las personas para la configuración del autoconcepto, así como casarse o las pérdidas que marcaron su vida. Aranda y Vara (2006) sostienen que los factores relacionados con la insatisfacción de la vida de los adultos mayores y, por tanto, un autoconcepto bajo, implican aspectos como enfermedades crónicas y psicosomáticas, sentimientos de abandono y soledad. La mayor parte de las investigaciones encuentran diferencias significativas en la autoestima y observan menores puntuaciones en las mujeres (Garaigordobil y Durá, 2006). Sin embargo, otros estudios no han hallado diferencias significativas en el autoconcepto global de hombres y mujeres (Garaigordobil, Cruz y Pérez, 2003). Sáez, Aleixandre y Meléndez (1994) plantean que la planificación de la actividad y el tiempo de ocio es un factor que influye directamente en la percepción que de sí mismos poseen los adultos mayores, por lo que el autoconcepto puede variar a partir de esta distribución que está íntimamente ligada al estado ocupacional. Fernández (2011) encontró que en la muestra estudiada el 31,5 % de los adultos mayores poseen una imagen positiva y, por el contrario, el 68,5 % de estos tienen una imagen negativa de sí mismos. Un autoconcepto positivo está en la base del buen funcionamiento personal, social y profesional. De él depende, en buena medida, la satisfacción personal, el sentirse bien consigo mismo, lo cual depende también de la disposición del adulto mayor para cumplir con actividades físicas que a su vez benefician su autonomía funcional (Mora et al., 2004). Además, se debe tener en cuenta el papel del autoconcepto como motivador y guía de la conducta (Bandura, 1989), el autoesquema que conforma en el autoconcepto la dimensión social será una fuente de motivación relevante para el comportamiento y, dentro de este, para la conducta del aprendizaje del adulto. De ahí la importancia del autoconcepto como elemento que determina la organización del propio comportamiento, como acceso de crecimiento y de integridad personal en el adulto mayor. Según la manera en que el anciano se perciba a sí mismo, así serán su conducta y decisiones. Existe una relación muy directa entre cómo la sociedad percibe al anciano y cómo este, en consecuencia, se ve a sí mismo. Debido al proceso de socialización, las experiencias, estereotipos y clichés van pasando de generación en generación y son igualmente asimilados por todos los miembros de la sociedad desde diferentes perspectivas (Alcalde et al., 2007). La calidad de vida del adulto mayor está asociada a las potencialidades que tenga para poder desarrollarse en el mundo cotidiano a través de rutinas que le permitan el autocuidado y el cuidado de los otros. La evidencia empírica señala que los adultos mayores tienen diferentes estrategias para manejar su red de apoyo social y encontrar a través de ella los elementos necesarios para la toma de decisiones y la solución de problemas, y que a su vez le informen de aquellos otros elementos que le puedan ser de utilidad para mejorar sus habilidades motoras y cognitivas, de modo que hagan más probable una vida útil. Esto se sustenta en lo explicado por Holguín Morrillo (2019), quien expresa que el nivel de autoconcepto que tienen los adultos mayores de su investigación es elevado. Para que se den estos resultados, pudo influir la atención que reciben dentro de la institución, así como las terapias psicológicas, la atención médica, fisioterapia, cuidado de la higiene personal, servicios básicos, actividades varias, integración familiar, cuidado de la administración de medicamentos y salidas preorganizadas. El estado funcional del adulto mayor y la durabilidad de estas capacidades motoras y cognitivas están relacionados con el modo en que asume el control de sus fracasos y aciertos, así como con la forma en que se conceptúa en los diferentes ámbitos (social, personal, ético, laboral, etc.). Finalmente, es importante subrayar que la persona mayor de sesenta años también tiene una serie de expectativas de logro y planes de vida que dirigen de alguna manera su actuar y motivan que se mantenga en actividad y afronte los problemas de la vida cotidiana. Neri (2001) ha señalado que los adultos mayores se muestran muy satisfechos de sus relaciones sociales. Se encontró que el autoconcepto positivo es mayor en aquellos adultos mayores de sesenta a sesenta y cuatro años y tiende a decrementarse con la edad, de modo que el autoconcepto negativo es mayor en los adultos de ochenta y cinco a noventa años, y tiende a incrementarse con la edad. La idea que se tiene de uno mismo (autoimagen) y la valoración que se hace de esta (autoestima) en todas y cada una de sus dimensiones: pensamientos, sentimientos, comportamientos, actitudes, etc., son dos de los múltiples aspectos psicológicos que pueden cambiar cuando un sujeto llega a la vejez. Esto supone un factor importante para la adaptación a un período vital, y en el caso específico de esta etapa de la vida, para llegar a tener un buen envejecimiento, con una calidad de vida adecuada (Núñez de Villavicencio Porro y Leal Ortega, 2001, p. 43). La imagen que uno tiene de sí mismo es el concepto mental total que se tiene sobre sí y del papel que se desempeña en la sociedad, como parte de la imagen del mundo que se refiere a la propia persona, tanto la ideal (cómo quisiera ser una persona) como la que se supone real (cómo cree uno que es) (Ídem). Los pensamientos de desesperación están basados en la existencia de complicaciones debido a las características propias de esta etapa, como la poca movilidad, las fatigas y dolores crónicos producto de afectaciones diversas, así como la presencia de enfermedades neurodegenerativas que acusan un mayor malestar psíquico, lo que puede afectar directamente el bienestar psicológico, la calidad de vida, la funcionabilidad del adulto mayor y, por tanto, su autoconcepto. El contexto en el cual se envejece y el rol que desempeña la persona en una comunidad juegan un papel importante, debido a la interacción de diversos factores que determinan el comportamiento y, por tanto, la adaptación del adulto mayor a esta etapa de vida. En consecuencia, lograr un envejecimiento exitoso, además de una calidad de vida adecuada, implica formarse un concepto mental sobre sí mismo. Los espacios de reflexión que permiten identificar la tercera edad como una etapa de aceptación son las respuestas que las personas en esta etapa dan a los diferentes aspectos de su vida en general, relación social, relación familiar y autoconcepto. Por ello, este constructo se ve favorecido por la inserción de los adultos mayores en prácticas educativas basadas en el aprendizaje experiencial (Dottori, Solivérez y Arias, 2015). 1.4. Instrumentos para la exploración del autoconcepto El autoconcepto ha sido estudiado a través de diferentes instrumentos, los cuales precisan criterios de confiabilidad y validez aceptables para el trabajo científico-investigativo. A continuación se exponen los más representativos en la literatura científica.  Autoconcepto en forma 5 (AF5): Elaborado por los autores García y Musitu (1999), el mismo está conformado por 30 ítems; de ellos 6 se dedican a evaluar cada dimensión (académico-laboral, emocional, familiar, social y físico). Este es el más utilizado en la literatura científica. Trabaja con la estructura pentafactorial de García y Musitu (1999). En la literatura científica existen otros estudios que no cumplen con esta estructura factorial, como es el de Esnaola, Rodríguez y Goñi, quienes, en una amplia muestra que incluía 112 adultos mayores, encontraron siete factores en lugar de los cinco que mostraba el modelo original. Asimismo, puede mencionarse la investigación de Martínez et al. (2018), quienes asumen una estructura tetrafactorial, suprimiendo el autoconcepto familiar.  Escala de Autoconcepto de Tennessee: Tiene como objetivo la autodescripción personal, trabaja con una escala Likert de cinco opciones (Completamente falso, Mayormente falso, Parcialmente falso y Parcialmente verdadero, Mayormente verdadero y Completamente verdadero), consta de 100 ítems, que miden Autoconcepto, Autoestima, Autocomportamiento y Control. Específicamente el apartado dedicado al autoconcepto trabaja con dimensiones como autoconcepto físico, autoconcepto moral-ético, autoconcepto personal, autoconcepto familiar y autoconcepto social.  Escala Tetradimensional de Autoconcepto para Adolescentes (ETAA): Es un instrumento de medición con propiedades psicométricas aceptables. Utiliza reactivos tipo Likert para cuatro dimensiones del autoconcepto (social, físico, deportivo y académico).  Cuestionario de Autoconcepto Personal (APE): Consta en su versión definitiva de 18 ítems (véase Anexo 1) que pretenden medir las percepciones personales de autorrealización (6 ítems), honradez (3 ítems), autonomía (4 ítems) y autoconcepto emocional (5 ítems). Ofrece, además, una medida de autoconcepto personal general o dominio personal del autoconcepto como factor de segundo orden. Se trata de una escala tipo Likert con cinco opciones de respuesta que abarcan desde totalmente en desacuerdo a totalmente de acuerdo.  Cuestionario de Autoconcepto General (APG): Mide la percepción que cada persona tiene de sí misma en cuanto ser individual, independientemente del ámbito físico y social.  Cuestionario de Autoconcepto Físico en Adultos Mayores (CAF-MAY): Este instrumento consta de 30 ítems que miden la percepción del sujeto en las siguientes dimensiones del yo personal: la capacidad física (6 ítems), la apariencia física (6 ítems), salud/enfermedad (6 ítems), capacidad funcional (6 ítems) y autoconcepto físico general (6 ítems). El formato de la prueba es el de una escala tipo Likert con cinco opciones de respuesta que abarcan desde Totalmente en desacuerdo hasta Totalmente de acuerdo (Goñi y Fernández, 2008). En concreto, las descripciones de las distintas escalas del CAF-MAY son las siguientes: capacidad física, salud y enfermedad, apariencia física y capacidad funcional.  Cuestionario de Autoconcepto AUDIM, de Rodríguez y Fernández (2011): Es una encuesta tipo Likert, asistida por computadora, que cuenta con 31 ítems relacionados con la propia persona, donde el encuestado responde, en una escala de 1 a 5 (1 = Falso, 2 = Más bien falso, 3 = Ni verdadero ni falso, 4 = Más bien verdadero y 5 = Verdadero). El encuestado evidencia su grado de acuerdo con cada uno de los aspectos propuestos, escogiendo la respuesta que más se ajuste a su persona. Los ítems del cuestionario se agrupan en cuatro factores específicos: autoconcepto académico (6 ítems), autoconcepto social (4 ítems), autoconcepto físico (8 ítems), autoconcepto personal (8 ítems) y uno general: autoconcepto general (5 ítems).  Cuestionario de Autoconcepto de Garley (CAG): Elaborado en España, evalúa el autoconcepto a partir de seis dimensiones: autoconcepto físico, aceptación social, autoconcepto familiar, autoconcepto intelectual, autoevaluación personal y sensación de control.  Cuestionario de Autoconcepto Social (AUSO): Es un cuestionario experimental que está conformado por 12 ítems que cubren las dimensiones de responsabilidad social (percepción de cada persona en su contribución al funcionamiento social, contribución al bien común, compromiso con la mejora de la humanidad) y de competencia social (entendida como la autopercepción de las capacidades que cada persona posee para desenvolverse en situaciones sociales). Se utilizó un formato tipo Likert con cinco opciones: Falso, Casi siempre falso, A veces verdadero a veces falso, Casi siempre verdadero y Verdadero. A pesar de los aportes antes mencionados, en Cuba no se ha logrado la sistematización de la categoría de autoconcepto, ni se cuenta con instrumentos válidos y confiables para su estudio. Por ello, el programa de atención integral al adulto mayor en Cuba plantea la voluntad de promover espacios de superación para toda la vida, que permitan el desarrollo del adulto mayor. En Cuba, un amplio sector de la población de adultos mayores se queda recluido en casa, a pesar de que se cuenta con las Cátedras Universitarias del Adulto Mayor, o con la posibilidad de recontratarse en centros laborales con posterioridad a la jubilación, debido a la necesidad de fuerza de trabajo calificada. De ahí la necesidad de que sea analizado, por parte de especialistas, el diseño y proposición de un instrumento de investigación psicológica para la evaluación del autoconcepto en las diferentes poblaciones cubanas, especialmente en el adulto mayor, a partir de la necesidad del desarrollo de prácticas educativas, de prevención de enfermedades y de promoción de salud en un grupo etario que se está volviendo mayoría a nivel mundial. Se requiere, en estas circunstancias, de un instrumento diseñado para la situación social de desarrollo y para las particularidades del contexto cubano, aceptado por especialistas y validado desde el análisis factorial y la validez del constructo. Conclusiones Se analizaron las diversas teorías que explican el autoconcepto y la pluralidad de concepciones multidimensionales que sobre este se han establecido. En un análisis de la literatura científica se localizaron investigaciones encaminadas al estudio del autoconcepto en diferentes poblaciones: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, que exploran sus características y realizan análisis comparativos entre estos grupos poblacionales y, sobre todo, en función del género (Esnaola, 2005; Pabago, 2021; Esnaola, Goñi y Madariaga, 2008; Cazalla-Luna y Molero, 2013). Sin embargo, existen pocos estudios encaminados al autoconcepto del adulto mayor (Morales y Arriaza, 2015; Vera, Laborín, Domínguez, Parra y Padilla, 2009). En los análisis realizados se observa la pluralidad de instrumentos para evaluar el autoconcepto: la Escala de Autoconc