UNIVERSIDAD CENTRAL ―MARTA ABREU‖ DE LAS VILLAS FACULTAD DE HUMANIDADES LETRAS Trabajo de Diploma TÍTULO: ―LA OTREDAD EN LOS PERSONAJES INFANTILES DE ENRIQUE PÉREZ DÍAZ. ESTUDIO DE UNA SELECCIÓN DE CUENTOS DE ¿SE JUBILAN LAS HADAS? Y LAS HADAS CUENTAN‖ AUTOR: ANABEL AMIL PORTAL TUTOR: MSc. YULEIVY GARCÍA BERMÚDEZ CURSO: 2011-2012 Dedicatoria A mis padres, por constituir mi apoyo y mi sostén más sólido y firme, por impulsarme a seguir adelante a pesar de todo, por lidiar conmigo, por entregarme su amor y haberme guiado hasta este punto; a ellos les debo todo lo que soy. Agradecimientos Agradecimientos A mi madre, por su paciencia, por su abnegación y por ser mi ángel protector; gracias por estar siempre a mi lado y no fallarme jamás. A mi padre, por su dedicación y su apoyo constantes; sin su extraordinario esfuerzo este trabajo no sería posible. A Richard, por haberme apoyado y haberme soportado en estos largos cinco años; gracias por tu amistad y tu ayuda. A Lazarita, por tu amistad y tu fidelidad, gracias por todo y por saber que siempre puedo contar contigo. A Verónica, por el acicate para continuar adelante. A Adrián, por haberme brindado su ayuda en la localización de la información digital. A Jesús Estupiñán, profesor de la Facultad de Química, por su apoyo en la localización de la mayor parte de la información digital imprescindible en la realización de este trabajo. A Yaíma y Fernando, por haberme acompañado en estos cinco años; gracias por soportarme y por entenderme. A mi tutora, por sugerirme el tema y por su constante dedicación y esfuerzo. A Maritza, bibliotecaria de la Sala Infanto-Juvenil de la Biblioteca Martí, por haberme facilitado los contactos necesarios y la bibliografía básica para esta investigación. A Margarita y Belkis, bibliotecarias de la Sala de Hemeroteca, por facilitarme la búsqueda y la consulta de materiales bibliográficos imprescindibles en la realización de este trabajo. A Luis Cabrera Delgado, por su atención y su apoyo en la realización de este trabajo. A Enrique Pérez Díaz, por haberme escuchado y por haberme brindado desde lejos el apoyo y el aliento necesarios. A todos los que creyeron en mí, y contribuyeron, de una u otra manera, a que este proyecto se hiciera realidad. Pensamiento Siempre es solo un instante. Michael Ende, La historia interminable Resumen Resumen La serie literaria infantil cubana experimenta desde finales de la década de 1980 un proceso de diversificación temática y estilística, evidenciado en un conjunto estimable de obras y autores de elevada calidad en sus propuestas ideoestéticas, en la apertura y la inclusión de diversos temas considerados tradicionalmente tabúes y en la explotación de las posibilidades del lenguaje en aras de establecer una comunicación más efectiva con el receptor niño. Uno de los tópicos más recurrentes y característicos de la narrativa infantil cubana más reciente, señalado por diversos críticos y estudiosos del tema, lo constituye el tópico de la marginalidad o la diferencia, representado fundamentalmente a través de los personajes infantiles. La escasez de estudios académicos en el campo de la literatura infantil y de artículos o investigaciones dedicados específicamente al estudio de este tema, se han constituido en dos de las motivaciones principales para la presente investigación. Otra de las motivaciones principales para la realización del presente estudio lo constituye la ausencia de acercamientos crítico-teóricos a la obra del escritor cubano Enrique Pérez Díaz, a pesar de su prolífica producción destinada a la infancia y de la existencia de una abundante crítica promocional dedicada a la divulgación de varias de sus obras. Su obra se caracteriza por el tratamiento de diversas problemáticas y aspectos de la realidad actual cubana y por la recreación poética de la visión del mundo propia de la percepción infantil. Nuestro estudio se basa en el análisis de la otredad en los personajes infantiles en una selección de cuentos de los volúmenes ¿Se jubilan las hadas? (1996) y Las hadas cuentan (2002), representativos de una de las vertientes más recurrentes en la creación de este autor: el cuento de hadas transgresor o moderno. El análisis de los personajes se llevó a cabo teniendo en cuenta las técnicas y procedimientos literarios empleados en el proceso de representación de estos como sujetos marginados y el establecimiento de una tipología de la representación de la otredad en dependencia del grado de exclusión del medio social y de las vías de resistencia generadas frente a este. La realización de este estudio requirió el rastreo de la información necesaria en diversas fuentes, fundamentalmente hemerográficas y digitales, para llevar a cabo una generalización y sistematización de diversas teorizaciones elaboradas en torno al concepto de otredad. Asimismo, se requirió la localización de información necesaria sobre los rasgos de la serie literaria infantil cubana y el tratamiento del tema de la marginalidad o la diferencia en esta. Índice ÍNDICE Introducción 1 Capítulo I: El concepto de otredad o alteridad. Teorizaciones sobre el Otro 11 1.1 Génesis de la otredad. Algunas conceptualizaciones sobre el Otro 11 1.2 El legado de Mijaíl Bajtîn. La différance y la deconstrucción de Jacques Derrida. Las teorías sobre el poder de Michel Foucault 22 1.3 El concepto de otredad aplicado en los estudios sobre literatura infantil 30 Capítulo II: Análisis de la otredad en los personajes infantiles en el conjunto de cuentos seleccionados 40 2.1 Técnicas y procedimientos literarios en la caracterización de los personajes 40 2.2 Tipología de la otredad en los personajes infantiles 71 Conclusiones 85 Recomendaciones 87 Bibliografía 88 Anexos Introducción 1 Introducción La serie literaria infantil cubana experimenta en la actualidad un proceso de expansión y de diversificación temática y estilística evidenciado en un conjunto estimable de autores y obras de elevada calidad en sus propuestas ideoestéticas. Dicho proceso, cuya génesis se ubica hacia finales de los años 80, conoció un impulso extraordinario a partir de la década del 90, a pesar del colapso económico- social que afectó la vida cultural y artística de la nación y que determinó la reorientación y adaptación de la política cultural en pro de salvaguardar las conquistas y avances en este sector, así como la puesta en práctica de una serie de estrategias en función de la promoción y divulgación a nivel internacional del producto artístico, sin desmedro de su calidad estética. En la literatura infantil, estos signos del cambio se hicieron más evidentes en el desplazamiento de la función formativa o pedagógica - que había sido la dominante en la serie literaria infantil cubana durante las décadas del 60 y 70- por la función lúdicra. Esta se manifestó en el tratamiento de diversos temas que habían sido soslayados o considerados tradicionalmente tabúes desde múltiples perspectivas, la complejización en la caracterización y construcción de los personajes, la heterogeneidad de las técnicas narrativas utilizadas y la explotación de las posibilidades del lenguaje en aras de establecer una comunicación más efectiva con el lector niño y lograr una recepción más activa del texto literario por parte de este. Sin embargo, a pesar de los rasgos anteriormente señalados, que hacen equiparables numerosas obras destinadas al público infantil, por su calidad y valores formales, a las obras destinadas al público adulto, aún persisten en parte de la crítica determinados prejuicios y ciertas tendencias a considerar la literatura infantil como un «género menor» o subliteratura, lo que se traduce tanto en la escasez de estudios crítico-teóricos dedicados a esta parcela de la literatura como en el paternalismo y la falta de rigor académico con que son abordados determinados tópicos relacionados con esta. Una de las problemáticas que enfrenta usualmente el investigador en el campo de la literatura infantil, lo constituye precisamente la escasez de bibliografía dedicada al tema y la ausencia de artículos o estudios de corte académico dedicados a autores u obras de la literatura infantil, así como la dispersión de estos artículos en fuentes hemerográficas y sitios digitales. Esta escasez de estudios académicos en el campo de la literatura infantil, condiciona la pertinencia y la necesidad del presente estudio, basado en el análisis de una selección de cuentos pertenecientes a las colecciones ¿Se jubilan las hadas? y Las hadas cuentan, publicadas en 1996 y en el 2002 respectivamente, del escritor cubano Enrique Pérez Díaz (1958), que por sus valores formales y 2 conceptuales se constituyen en obras representativas de la literatura infantil cubana más reciente. El tema de la presente investigación lo constituye el estudio de la otredad en los personajes infantiles en un conjunto de cuentos de Enrique Pérez Díaz. Una de las principales motivaciones para la selección del presente tema de investigación lo constituye la recurrencia del tópico de la marginalidad o la diferencia en las obras literarias infantiles de las últimas décadas, representado fundamentalmente a través de los personajes infantiles, y su señalamiento por varios de los críticos estudiosos del tema (Mauri, Pérez Díaz, Antonio Orlando Rodríguez) como uno de los rasgos distintivos de la narrativa infantil cubana actual, a pesar de lo cual no existen numerosos artículos o investigaciones dedicados específicamente al estudio de este aspecto. Se seleccionó el estudio de los elementos y técnicas empleados en la configuración de los personajes infantiles como sujetos representativos de la otredad o diferencia, por el hecho de ser estos los héroes más representativos y recurrentes dentro de las obras de narrativa infantil. La ya aludida escasez de estudios sobre esta temática, uno de los aspectos más relevantes de la actual narrativa infantil cubana, ha dado lugar a la siguiente propuesta de investigación. Para el presente trabajo fue preciso realizar una generalización y sistematización de diversas teorizaciones sobre el concepto de otredad, temática que aún no ha sido suficientemente abordada por los estudios literarios académicos cubanos y que no ha sido aplicada en los estudios crítico-teóricos sobre literatura infantil, lo que condiciona la novedad y pertinencia del presente estudio. Otra de las motivaciones fundamentales para el presente estudio lo constituye la ausencia de estudios académicos dedicados al análisis de la obra del escritor cubano Enrique Pérez Díaz, a pesar de la existencia de numerosas reseñas críticas dedicadas a la promoción y divulgación de varias de sus obras, dispersas en diversas publicaciones periódicas y sitios digitales desde finales de la década del 80 hasta el presente, muestra fehaciente de la prolífica producción de este autor destinada a la infancia. Entre sus obras más destacadas y promocionadas por esta crítica, merecen mencionarse La vieja foto (novela, 1988), Mensajes (relato, 1991), Inventarse un amigo (novela, 1993) y Escuelita de los horrores (novela,2001), obras que se caracterizan por la recurrencia de tópicos tales como la disolución familiar, la crítica desacralizante de las instituciones escolares y del autoritarismo pedagógico, la presencia de niños diferentes que sufren las consecuencias de la incomunicación y la separación familiar o que se convierten en víctimas de la represión proveniente de su 3 entorno familiar o escolar y la recreación de la visión del mundo propia de la percepción infantil. En cuanto a la existencia de artículos referentes a las obras objeto de nuestro estudio, podemos citar como antecedente de esta investigación la breve reseña titulada «Claro que no, Enrique», publicada en el periódico El Habanero el 13 de junio de 1997 y que realiza una sucinta presentación del conjunto de cuentos recogidos en el volumen ¿Se jubilan las hadas?, con motivo de su publicación en la colección Pinos Nuevos de la Editorial Gente Nueva. En cuanto a la crítica sobre el volumen Las hadas cuentan, podemos señalar como referencia el prólogo a la edición de la Editorial Oriente del año 2002, a cargo del escritor Luis Carlos Suárez, así como una breve referencia realizada por María del Carmen Quiles Cabrera en su artículo «Cuentan desde La Habana: autores, temáticas y estilos en la narrativa infantil y juvenil actual». Como antecedentes fundamentales de este estudio, deben citarse los Trabajos de Diploma Los nuevos caminos de la actual narrativa infantil en Cuba. Estudio de Ito y Donde está la princesa, de Luis Cabrera Delgado y Análisis de dos novelas del escritor villaclareño Boris Mesa, de Geidy Martín y Jennifer Eileen Pérez López respectivamente, por constituir importantes referentes de carácter metodológico, puesto que estudian obras de dos escritores locales contemporáneos desde el punto de vista de su representatividad dentro de la narrativa infantil cubana actual, y porque abordan criterios y concepciones esenciales sobre el universo teórico de la literatura infantil y establecen determinadas premisas metodológicas para el estudio de esta. En cuanto a la existencia de estudios cubanos sobre la presencia de personajes marginados o diferentes en la literatura infantil, podemos señalar los artículos: «Literatura infantil cubana hoy: Los raros andan de moda», del escritor cubano Omar Felipe Mauri Sierra, publicada en la revista Cauce número 3 del 2002 e incluido en su colección de ensayos La isla de los niños. Ensayos de literatura infantil cubana; el artículo «Ito, el ″raro″ en la literatura infantil cubana», del escritor, crítico e investigador Antonio Orlando Rodríguez, publicada en el número 24 de la revista Umbral y posteriormente recogido en la compilación de textos Exploraciones en la narrativa de Luis Cabrera Delgado, realizada por la profesora Carmen Sotolongo Valiño; y el artículo de la profesora Yaíma Rodríguez, «Asedios al quehacer intelectual de Luis Cabrera Delgado», publicado en el número 41 de la revista Umbral del 2011. Asimismo, podemos mencionar la ponencia del escritor Luis Cabrera Delgado «Los discapacitados en la literatura infantil», recogida en la compilación de textos La literatura infantil cubana ante el espejo, que reúne varios trabajos presentados en los Encuentros de Crítica e Investigación de Literatura Infantil celebrados anualmente en 4 Sancti Spíritus; el artículo «Margarita, Marité y Cuasi, tres niñas raras que miran la contemporaneidad», de Carelsy Falcón Calzadilla, publicada en el número 37 de la revista Umbral y la ponencia «To be or not to be: esa es la diferencia», del escritor cubano Joel Franz Rosell, presentada en el Congreso Mundial de Literatura Infantil de la IBBY de 1994 y recogida posteriormente en su colección de ensayos La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas. En los Trabajos de Diploma dedicados a Luis Cabrera y a Boris Mesa, se analiza la caracterización de los personajes marginados y de los héroes representativos de la diferencia como parte de un análisis mucho más amplio, que abarca el estudio de los rasgos del proceso de renovación narrativa presentes en las obras estudiadas en su conjunto en cuanto a elementos ideotemáticos, el sistema de personajes, el cronotopo, el narrador y la intertextualidad. En los artículos de Omar Felipe Mauri Sierra y de Antonio Orlando Rodríguez respectivamente, se hace referencia de modo general a la presencia de raros en la narrativa infantil cubana, aludiendo a determinadas obras y autores, pero sin profundizar en el proceso de construcción y representación de los sujetos marginados en la obra ni en los recursos y procedimientos literarios empleados para ello. Por su parte, Luis Cabrera realiza un estudio muy interesante desde el punto de vista de la estereotipación de que son objeto los personajes discapacitados representados en la literatura infantil universal, estableciendo la relación entre este fenómeno y la canonización de determinados atributos físicos e intelectuales como signos de la perfección y la belleza humana. En el artículo de la profesora Yaíma Rodríguez sí se mencionan determinados aspectos del proceso de construcción y representación de las imágenes de la marginalidad y la diferencia, teniendo en cuenta la pertenencia de la obra de Luis Cabrera Delgado al proceso de renovación de la narrativa infantil cubana de los 90 y su asunción de los postulados de la postmodernidad. En los artículos mencionados, sin embargo, no se lleva a cabo el análisis de los personajes desde la perspectiva de la otredad, enfoque que sí está presente en los trabajos de Carelsy Falcón Calzadilla y Joel Franz Rosell respectivamente. En el primero de estos artículos, su autora realiza una mención explícita del término de otredad y lo aplica en el análisis de los personajes femeninos protagónicos de las tres novelas objeto de su estudio, explicitando su relación con los postulados de la postmodernidad y su tendencia al privilegio de las voces marginadas y con las características del contexto sociocultural cubano durante la década del 90. Por su parte, el escritor Joel Franz Rosell en su ponencia «To be or not to be: esa es la diferencia», emplea la categoría del otro para realizar un acercamiento crítico a la 5 representación estereotipada del extranjero, del sujeto colonial y de las zonas periféricas en la literatura infantil europea de los siglos XIX y XX. Con respecto a estos antecedentes, la novedad de nuestro estudio consiste en el análisis de los personajes infantiles marginados en un conjunto de cuentos de Enrique Pérez Díaz desde la perspectiva de la otredad, así como en el análisis de la representación de las relaciones de poder que se establecen sobre los personajes infantiles por parte de su entorno familiar, escolar o social, manifestados a través de diversas vías. La carencia de una sistematización en los estudios teóricos sobre el concepto de otredad, ha condicionado la necesidad de rastrear la información requerida en diversas fuentes, fundamentalmente en artículos publicados en revistas y en diversos sitios digitales. En este sentido, resultaron de gran utilidad los artículos e investigaciones publicados en la revista Criterios y compilados en la selección de los Mil y un textos de Criterios, que se constituyen en una valiosa muestra del pensamiento teórico literario, cultural y estético contemporáneo. Asimismo, la compilación de textos El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica, contribuyó a brindarnos una valiosa información sobre los cambios fundamentales que experimentaron las concepciones sobre el sujeto y el discurso teórico sobre el Otro cultural en la época postmoderna. Del mismo modo, numerosos artículos publicados en la revista Casa de las Américas entre 1990 y 2011 y determinados artículos de la revista Temas, nos ofrecieron información relevante sobre diversas concepciones de la otredad, elaboradas por diversos teóricos y pensadores del ámbito latinoamericano, información complementada con la ofrecida por diversos materiales y artículos digitales. Para el análisis del concepto de otredad fue necesario además rastrear la génesis de los estudios sobre el tema y sus formulaciones iniciales en las teorías de Bajtín, Derrida, Foucault, y otros autores de la teoría literaria mundial. En el caso de Bajtín fue preciso consultar varios materiales, entre estos, debemos mencionar en primer lugar el ensayo «El autor y el héroe en la actividad estética», recogido en la selección de los Mil y un textos de Criterios, y su obra Problemas literarios y estéticos, que contienen varios de los conceptos centrales de las teorías bajtinianas relacionados con la otredad, como las categorías de dialogismo, autor y héroe. Asimismo, para el análisis de la recepción de la obra de Bajtín y su influencia en las teorías sobre la otredad, se consultaron diversos artículos, entre ellos los trabajos de Mónica G. Zoppi-Fontana, Karine Zbinden y Rinaldo Acosta, así como diversas investigaciones publicadas en el número especial de la revista Criterios de 1993 dedicada al Sexto Encuentro Internacional Mijaíl Bajtín. 6 En cuanto a las concepciones propuestas por Jacques Derrida, nos basamos fundamentalmente en su texto «La différance», recogido en la compilación de Nara Araujo Textos de teoría y crítica literaria y el artículo del profesor Cristian Camilo Vélez «Deconstrucción u otredad en el discurso filosófico», el cual analiza la novedad de la propuesta derrideana sobre lo Otro. Para el análisis de las teorías de Michel Foucault nos basamos fundamentalmente en sus obras El sujeto y el poder y Microfísica del poder, disponibles en formato electrónico, las cuales relacionan la otredad con el poder, y el artículo del profesor Jorge Luis Acanda González «Amor y poder o la relación imposible (Homenaje a Michel Foucault)», publicado en la revista Temas, el cual destaca los aportes de Foucault en este sentido. En cuanto a la bibliografía crítico-teórica sobre literatura infantil, ha sido preciso rastrear la información necesaria en fuentes de muy diversa índole, básicamente en revistas y compilaciones de textos de crítica y teoría sobre esta serie literaria, debido a la escasez de sistematizaciones de carácter académico. Entre estas, es preciso mencionar las colecciones de ensayos La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas y La isla de los niños. Ensayos sobre literatura infantil cubana, de Joel Franz Rosell y Omar Felipe Mauri respectivamente, así como las obras de Alga Marina Elizagaray, que brindan visiones panorámicas sobre las características y la evolución de la serie infantil cubana durante los períodos republicano y revolucionario. De especial utilidad, resultaron las compilaciones de ponencias e investigaciones presentadas en los Encuentros de Investigación y Crítica de la Literatura Infantil celebrados anualmente en Sancti Spíritus, organizados a través de tres líneas temáticas fundamentales: textos sobre el universo teórico de la literatura infantil, estudios panorámicos sobre los rasgos de la literatura infantil cubana y análisis temáticos y estilísticos de obras y autores reconocidos. Asimismo, la revisión bibliográfica llevada a cabo en fuentes hemerográficas nos aportó notables resultados. Específicamente, el número especial de la revista Unión No. 63-64 del 2006 y determinados artículos publicados en La Letra del Escriba, La Gaceta de Cuba, la revista Cauce de Pinar del Río, la revista Umbral de Villa Clara y el boletín cultural Cartacuba, así como determinados trabajos publicados en En Julio como en Enero, revista cubana especializada en la temática, nos aportaron datos relevantes acerca del desarrollo de la serie literaria infantil cubana y sus rasgos temáticos y estilísticos más sobresalientes en la actualidad, así como determinados análisis de aspectos estrechamente relacionados con nuestro objeto de estudio (la identidad cultural, la práctica social, la diferencia de géneros, el carácter problémico de las relaciones padres-hijos). 7 La especificidad de nuestro estudio y la ausencia de investigaciones dedicadas especialmente al estudio de este tema, ha obligado a la selección, en los materiales sobre literatura infantil consultados, de aquellos pasajes referidos a la presencia de personajes marginados o diferentes en la literatura infantil. Como problema de investigación nos planteamos el siguiente: ¿Cómo se representa la otredad en los personajes infantiles en el conjunto de cuentos seleccionados de Enrique Pérez Díaz? La principal variable utilizada en la presente investigación lo constituye la otredad. Este es un concepto elaborado en el campo de los estudios culturales y que ha sido definido a través de diversas disciplinas, particularmente la antropología y la filosofía para ser posteriormente aplicado a los estudios literarios. De este hecho se deriva el carácter interdisciplinario que reviste esta variable y la amplitud y variedad de definiciones y teorizaciones de que ha sido objeto. Esta heterogeneidad de definiciones existentes en torno al concepto de otredad, ha condicionado una selección de aquellos criterios de carácter más general, que se adecuen a los intereses particulares de nuestra investigación. En consecuencia, hemos seleccionado aquellas definiciones que abarcan varios aspectos del concepto que sean factibles de ser aplicados al análisis literario, específicamente al estudio del proceso de construcción y representación del niño como sujeto representativo de la otredad, tanto desde el punto de vista psíquico como físico y su sometimiento al ejercicio del poder por parte del cuerpo social. En esta investigación, asumimos el concepto de otredad como aquel conjunto de rasgos y elementos que subvierten el canon del pensamiento burgués racional occidental (blanco, masculino, heterosexual, burgués, europeo, racional, adulto y plenamente capacitado para actuar en la sociedad capitalista). Este concepto comprende pues:  El sujeto femenino (por oposición a lo masculino).  El sujeto colonial no europeo, perteneciente a las zonas periféricas.  El sujeto no blanco, perteneciente a determinadas minorías étnicas y raciales (los negros, los indígenas, los mestizos, etc.).  El sujeto homosexual (por subvertir los cánones sexuales de la moral burguesa y la tradicional oposición femenino /masculino).  El sujeto no burgués (perteneciente al proletariado o a otros status sociales desfavorecidos). 8  El sujeto no racional, considerado no apto para actuar en correspondencia con los requerimientos de la sociedad burguesa (los niños, los jóvenes, los enfermos, los discapacitados físicos y mentales).  El sujeto que ofrece determinada resistencia frente al orden jerárquico establecido (los intelectuales, los líderes de movimientos políticos y sociales, religiosos, etc.). La otredad incluye asimismo aquellos conceptos marginales o periféricos en relación con determinados conceptos centros privilegiados por la tradición del pensamiento metafísico occidental:  La ausencia o lo irrepresentable desde el punto de vista de la mismidad como presencia.  Lo irracional (la fantasía, lo onírico, la sexualidad, el inconsciente).  La pluralidad en oposición a la unidad.  La escritura en oposición a la palabra.  El devenir en oposición al estatismo. Como objetivo general nos planteamos el siguiente: Analizar el proceso de construcción y representación de la otredad en los personajes infantiles en el conjunto de cuentos seleccionados de Enrique Pérez Díaz. Como objetivos particulares nos planteamos: 1. Determinar los procedimientos y técnicas de caracterización que se emplean en los personajes infantiles que representan la otredad y en el resto de los personajes que interactúan con estos. 2. Establecer una tipología de la representación de la otredad de los personajes infantiles, teniendo en cuenta su grado de exclusión del medio social y los modos de resistencia generados frente a estos. La selección del corpus se llevó a cabo teniendo en cuenta fundamentalmente los intereses y la finalidad de la investigación y los objetivos planteados. En vista de ello, se seleccionaron, del conjunto de cuentos incluidos en los volúmenes ¿Se jubilan las hadas? (1996) y Las hadas cuentan (2002), aquellos textos que por su temática y la caracterización de sus personajes, se ajustaban a los objetivos de la investigación. La selección se llevó a cabo además teniendo en cuenta el grado de representatividad de estos textos de una de las líneas de creación más recurrentes en la obra de este autor: 9 el cuento de hadas moderno o transgresor. Se tuvo en cuenta también la pertenencia de ambos volúmenes a dos épocas distintas en el proceso de creación de este escritor, lo que permite establecer ciertas semejanzas y diferencias entre los textos pertenecientes a uno y otro volumen y una línea de continuidad esencial en cuanto a temáticas y estilos. El resto de los textos incluidos en ambos volúmenes no será tenido en cuenta para la presente investigación, por cuanto las temáticas tratadas y los personajes representados no se corresponden totalmente con los intereses de la investigación. El corpus se halla integrado por ocho textos narrativos, tres de ellos incluidos en el volumen ¿Se jubilan las hadas? y el resto perteneciente al volumen Las hadas cuentan, unificados por el hecho de ser cuentos breves donde se recupera y se reelabora la tradición feérica europea como medio para abordar diversas problemáticas y aspectos de la realidad cubana actual, entre ellas, la representación de la soledad y el rechazo a que son sometidos determinados niños considerados diferentes o la marginación a que son sometidos los niños por el mero hecho de serlo. Estos textos resultan relevantes por otra parte por constituir muestras representativas de los rasgos más distintivos del estilo de este escritor: la poeticidad de sus textos narrativos y la conjunción de realismo y fantasía en la creación de ambientes y personajes. Siguiendo a Luis Álvarez Álvarez en su obra El arte de investigar el arte, como método fundamental en la realización de este trabajo, se empleará el análisis de contenido como parte del método general de análisis de texto. En la aplicación de este método se utilizará el criterio de cantidad /calidad en el análisis de los elementos de los textos seleccionados dentro de la realidad específicamente intratextual. Asimismo, se aplicará el criterio discriminativo en determinados momentos para señalar y establecer determinadas relaciones de carácter intertextual entre los textos seleccionados y los rasgos de la serie literaria infantil cubana y de la literatura infantil universal en sentido general. Como estrategia fundamental se utilizará la intensiva, ya que se analizará un aspecto específico del conjunto de elementos textuales (los personajes) en una selección relativamente reducida de textos unificados por su pertenencia a la serie literaria infantil, a un mismo autor y a un mismo género. La estructura de la presente investigación se organiza en dos capítulos de la siguiente manera: un primer capítulo teórico-metodológico dividido en tres epígrafes dedicados a la teorización de la variable y otros conceptos afines utilizados en la investigación. Este capítulo se inicia con un epígrafe dedicado a ofrecer un panorama de la génesis de la otredad durante la Modernidad y de algunos criterios que se han manejado en torno a este concepto, esclareciendo nuestra posición frente a cada uno 10 de estos. Seguidamente, incluimos un epígrafe dedicado a analizar las teorías de Mijaíl Bajtín, Jacques Derrida y Michel Foucault, por considerar que la obra de estos tres pensadores resulta insoslayable dada la influencia de sus aportes para el surgimiento y desarrollo del debate crítico-teórico en torno al concepto de otredad. Específicamente, haremos referencia a las concepciones de Bajtín sobre dialogismo, palabra ajena, el autor y el héroe y la recepción de su obra en relación con las teorizaciones sobre otredad en los ensayos de algunos estudiosos de la obra bajtiniana. Nos referiremos asimismo al concepto de différance y a la deconstrucción propuestos por Derrida y a las teorías sobre el poder elaboradas por Michel Foucault. Finalmente, incluimos un epígrafe dedicado a analizar la aplicación del concepto de otredad en los estudios sobre literatura infantil, centrándonos en el contexto nacional y en las particularidades de la serie literaria infantil cubana. En el segundo capítulo se procede al análisis de los personajes en los textos seleccionados, tomando como base las teorías y concepciones desarrolladas en el capítulo anterior y valiéndonos para ello de determinados elementos y procedimientos propios del análisis narratológico y del estilístico, como la compilación de textos realizada por Renato Prada Oropeza La narratología hoy. Finalmente se arriban a conclusiones y recomendaciones y se incluyen como anexos las listas de las obras y de los premios y distinciones recibidos por Enrique Pérez Díaz en su trayectoria vital. Capítulo 1 11 Capítulo I: El concepto de otredad o alteridad. Teorizaciones sobre el Otro 1.1 Génesis de la otredad. Algunas conceptualizaciones sobre el Otro El concepto de otredad o alteridad proviene de los estudios culturales, de implantación relativamente reciente en el campo de las investigaciones teóricas en el ámbito latinoamericano, tal como señala Magali Espinosa en su artículo «Los estudios culturales: ¿una nueva dimensión del saber sociocultural?» (Espinosa, 2001: 17). Según esta profesora, la necesidad de un nuevo tipo de enfoque que reformulara y actualizara el aparato conceptual y metodológico tradicional propio de las ciencias sociales, ya había sido señalado por Néstor García Canclini en su libro Producción simbólica. Teoría y método en sociología del arte (1979), el cual muestra el interés por un nuevo tipo de análisis capaz de explicar las relaciones existentes entre los procesos de producción simbólica y la tradición estética y de comprender las prácticas artísticas como parte de estos procesos. La complejidad y novedad de este análisis, según Espinosa, consistía en otorgarle a los estudios culturales un carácter interdisciplinario, capaz de desactivar la idea moderna del saber total heredado de la Modernidad y de comprender el texto como producto y portador de procesos culturales. Este carácter interdisciplinario propio de los estudios culturales permite a su vez hurgar en los procesos de hibridación y mestizaje engendradores de la multiculturalidad y la multiplicidad de subjetividades, así como deconstruir las tradicionales relaciones de oposiciones binarias centro-periferia, nosotros-ellos, colonizador-colonizado, en aras de poner en evidencia la crisis del centro en cuanto centro y la reivindicación de los bordes y de las voces tradicionalmente marginadas y silenciadas por el discurso falologocéntrico occidental. Desde esta perspectiva, se articula el concepto de otredad o alteridad, que se integra al campo de investigación de los estudios culturales luego de haber sido tratado por otras disciplinas tales como la antropología, la filosofía y el psicoanálisis, áreas más destacadas en privilegiar la 12 otredad o alteridad como objeto de estudio y que han contribuido a configurar definiciones sobre el Otro cultural. Para rastrear la génesis de la otredad es preciso remitirse a la Modernidad. El pensador argentino Enrique Dussel, en su artículo «Europa: modernidad y eurocentrismo» (1993), somete a juicio crítico dos conceptos básicos formulados sobre la Modernidad. El primero de ellos, propuesto y comentado por Jürgen Habermas y tradicionalmente aceptado por la historiografía y el pensamiento eurooccidental, es criticado por este autor como un concepto estrecho, eurocéntrico, provinciano y regional, según el cual se entiende a la Modernidad como un fenómeno exclusivamente europeo, como un proceso emancipatorio, signado por la salida de la inmadurez mediante un esfuerzo de la razón como proceso crítico, que abriría a la Humanidad a una nueva época de desarrollo humano. Según Habermas, los acontecimientos históricos claves en la génesis y desarrollo de este proceso y en la implantación del principio de la subjetividad racional moderna son la Reforma, la Ilustración y la Revolución Francesa. En oposición a este concepto, Dussel propone una segunda visión de la Modernidad en un sentido mundial, según la cual esta época histórico-cultural tiene su inicio en 1492, con el descubrimiento de América, que propicia el surgimiento del sistema-mundo, la configuración de Europa como el centro de ese sistema y del devenir histórico. Según el estudioso, esta es la fecha en que Europa constituye a los restantes pueblos y culturas como su periferia y se constituye la Modernidad como un nuevo paradigma de comprensión de la historia, la ciencia y la religión. En ese proceso, América Latina entra como la otra cara dominada, explotada y encubierta. Afín a esta idea, Aníbal Quijano ve la instauración de la colonialidad y la modernidad como los ejes constitutivos de ese específico patrón de poder europeo (2000:342). Con su presencia, señala el autor, se configura un nuevo universo de relaciones intersubjetivas de dominación bajo la hegemonía eurocentrada. Desde ese universo intersubjetivo se elabora en los principales centros hegemónicos del siglo XVII un modo de producir conocimiento acorde a las nuevas necesidades cognitivas del capitalismo: la objetivación de lo cognoscible respecto del conocedor. Este modo de conocimiento eurocéntrico, denominado racional, fue impuesto y admitido en el conjunto del mundo capitalista como la única racionalidad válida y como emblema de la modernidad. Este modelo de pensamiento occidental se distingue por su articulación y estructuración en oposiciones binarias irreconciliables. Edgardo Lander, en «Ciencias sociales: saberes coloniales y eurocéntricos», señala que es, sin embargo, a partir del período de la Ilustración, con el desarrollo de las ciencias modernas, cuando se sistematizan y multiplican estas separaciones y oposiciones, proceso en el que desempeñó un papel significativo la ruptura ontológica entre el cuerpo y la mente, entre la razón y el mundo, formulada en la obra de Descartes. (Lander, s/f: 14) 13 Esta oposición cartesiana entre mente y cuerpo marca todo el posterior pensamiento metafísico occidental y crea una fisura ontológica entre la razón y el mundo. Sobre la base de estas separaciones se concibe un tipo particular de conocimiento descorporeizado y descontextualizado que pretende ser objetivo y universal. En esta misma línea, la modernidad cultural puede ser entendida como la separación de la razón sustantiva expresada en la religión y la metafísica en tres esferas autónomas: ciencia, moralidad y arte. En este período, aparecen pues las estructuras de la racionalidad cognitivo-instrumental, de la moral-práctica y de la estético-expresiva. En la autoconciencia europea de la modernidad - señala Lander- estas escisiones se articulan con el contraste esencial entre lo europeo u occidental (considerado como lo moderno y lo civilizado) y los «otros», que incluían al resto de los pueblos y culturas del planeta (considerados «bárbaros»). Eduardo Piazza, en un estudio dedicado a analizar la crisis de determinados paradigmas de la Modernidad, destaca el sitial de privilegio ocupado por la razón humana en las corrientes filosóficas nacidas durante los siglos XVII y XVIII y la afirmación del individuo como centro de esa misma razón y de una voluntad propia. Una reflexión semejante articula Jorge Luis Acanda González en su artículo «La confluencia que se frustró: psicoanálisis y bolchevismo», cuando analiza el pensamiento de la Ilustración como la expresión histórica de la ideología burguesa de la emancipación. La Ilustración abrió paso a la confianza en la capacidad racional del individuo para el conocimiento de la realidad y para su propio autoconocimiento. Su objetivo era educar a los hombres para convertirlos en sujetos de su propia vida, mediante el uso de su inteligencia y la voluntad de ser racional, mediante la objetualización y el dominio de los fenómenos de la realidad material. En este proceso, surge la contradicción insalvable de la Ilustración, en cuanto reserva la capacidad de autodeterminación y racionalidad a los sujetos ilustrados y cosifica a los «otros», los sujetos no ilustrados, y los convierte en objetos de la actividad ilustradora. El sujeto ilustrado racional se constituye a sí mismo y construye su modo de apropiación del mundo mediante la cosificación y objetualización del otro. Se configura así el ideal de sujeto construido por la ideología burguesa liberal: blanco, europeo, masculino, adulto, heterosexual, autocentrado, racional, plenamente consciente de sí y de sus capacidades, habilitado para obtener el mayor número de ganancias y éxitos en la sociedad capitalista. Gilberto Valdés Gutiérrez en su artículo «Diversidad y articulación del sujeto popular en América Latina» señala cómo este arquetipo viril y exitoso o simbología del dominador como también lo denomina, ha originado el ocultamiento de diversas prácticas de dominio sobre aquellos que contravienen las características de este canon: las mujeres, los indígenas, los negros, los niños, los homosexuales y otras categorías socio-demográficas que padecen prácticas específicas de dominación (Gutiérrez, 2005:41). 14 El profesor de Filosofía Rubén Zardoya Louredo en su artículo «Idealidad, ideales e ideología» hace referencia al origen de la otredad a partir de dos oposiciones básicas articuladas en la ideología burguesa: nosotros-ellos y caos-cosmos. Según Zardoya, la ideología constituye siempre la absolutización de un determinado ideal social mediante su producción y reproducción, posibilitando la organización de un determinado grupo o clase social y la formación de su subjetividad en correspondencia con los esquemas ideales que deben normar el comportamiento socialmente significativo. Su función es capacitar a los individuos para conducirlos a la afirmación de ese ideal como un valor absoluto, de pretensiones universalistas. Desde este punto de vista, la ideología tiene la función de modelar las identidades humanas (de clase, nación, género o raza). Bajo este manto de universalidad, la ideología constituye siempre la afirmación del nosotros y la exclusión de los otros (o de ellos). En el término «nosotros», se engloban los atributos identitarios propios del pensamiento liberal burgués: los griegos, los occidentales, los alemanes, los blancos, los empresarios, los propietarios de la tierra, los varones-masculinos y los intelectuales. En oposición, el término «ellos» incluye a los bárbaros, los orientales, los mestizos, los obreros, los desposeídos, las mujeres, los rústicos de alma, todos aquellos que no se ajustan al ideal occidental de humanidad. La segunda oposición básica de la ideología burguesa es, según Zardoya, caos y cosmos, entendido este último término en su sentido original de orden, esta oposición reviste un carácter semejante a la anteriormente citada. Por un lado, la afirmación social de la visión del nosotros se corresponde con la afirmación del cosmos, el cual comprende una serie de conceptos relacionados con el orden y la armonía universales: Dios, la Razón, la Verdad, la Naturaleza Humana, la Justicia, la Paz Perpetua. La afirmación social de la visión del otro, en cambio, comprende los conceptos opuestos, negaciones de los anteriores: el Diablo, la Irracionalidad, el Error, la Deshumanización, la Injusticia y la Conflagración Universal. Zardoya señala en este punto el carácter dialéctico y contradictorio de todas las ideologías, las cuales, junto a la afirmación y legitimación de un ideal social, incluyen al mismo tiempo la negación de las cosmovisiones e ideales sociales opuestos. Santiago Castro-Gómez rastrea en su artículo «Razón poscolonial y filosofía latinoamericana» el proceso de configuración del sujeto centro-europeo, blanco, masculino, heterosexual y de clase media como una subjetividad trascendental, valiéndose del concepto de epistéme propuesto por Michel Foucault. La epistéme moderna tiende a definir el conocimiento como una representación de la representación. No solo le otorga la posibilidad de representar objetos, sino la posibilidad de representarse a sí misma y de hacer evidentes los principios y mecanismos del acto de conocer. De este modo la epistéme moderna crea una serie 15 de figuras que sobre el modelo de la autorrepresentación, crean la base de las llamadas ciencias humanas (la Conciencia, el Sujeto, el Hombre, la Persona Humana). De este modo, la investigación científica del Hombre como ser social se hace posible solo en un orden del saber que proyecta la empiricidad de ese sujeto centro-europeo, en tanto subjetividad trascendente. Este sujeto que observa lo hace partiendo de la diferencia con otros observadores y constituyéndose a sí mismo como unidad trascendental, mecanismo que se hace posible desde la epistéme moderna, ya que esta plantea de por sí la existencia de una perspectiva universal de observación y de un lugar privilegiado de enunciación, que posibilita afirmar la universalidad de sus discursos e impide dar cuenta de la particularidad sociocultural de sus observadores. Santiago Castro-Gómez, en una perspectiva semejante a la de Dussel, señala lo siguiente: Gracias al expansionismo mercantil y a las relaciones de dominio establecidas en sus colonias, Europa se constituyó de facto en el lugar privilegiado de observación. Esta configuración del poder colonial es lo que hace posible el surgimiento de la epistéme moderna y, al interior de ella, de toda una serie de auto-observaciones centro-europeas camufladas bajo la máscara de la universalidad, la objetividad y la verdad. (Castro-Gómez, 1997:59). En un artículo dedicado a analizar el pensamiento bajtiniano en relación con las interacciones interculturales, Wlad Godzich estudia las posiciones críticas asumidas por Bajtín con respecto al sistema filosófico kantiano, considerado la organización canónica de la racionalidad occidental. Según este autor, esta posición implicaba el considerar a la Modernidad como la época que resultó de la confrontación con la Otredad y procuró entonces evitar esa Otredad a toda costa elaborando una compleja estrategia para contenerla y eventualmente reducirla a la Mismidad (Godzich, 1993:54). De aquí se deriva la concentración de la crítica sobre el sistema filosófico de Kant, en cuanto este se mostraba incapaz de explicar la relación entre un sujeto europeo y un Otro no europeo fuera de la relación sujeto/objeto. Si el Otro no se hallaba constituido en relación con un mismo hecho dado y si no pertenecía a la comunidad propia, la ética se mostraba incapaz de definir la actitud que se debía tomar frente a ese Otro. El sujeto, tal como es concebido en el sistema de pensamiento propuesto por Kant, sería incapaz de reconocer como tales aquellos Otros que no compartieran su misma historicidad y no se integraran a su propio proyecto de sociedad. En este punto, Godzich, desde la propuesta teórica bajtiniana, propone como solución establecer condiciones cognoscitivas que permitan reconocer al Otro no europeo como sujeto y no como un mero objeto para el conocimiento, para lo cual debía surgir una relación diferente de la tradicional sujeto/objeto, partiendo de una nueva concepción de la constitución del sujeto. 16 En un artículo dedicado a analizar el pensamiento deleuzeano, Cristina Posleman estudia las concepciones sobre la estructura Otro en Deleuze. Para Posleman, el Otro ya no explica un objeto de la representación sino que es aquello que escapa a ella. La estructura Otro –continúa Posleman- esencialmente relacional, múltiple y temporal, pervierte el pensamiento, sustrayéndolo de su habitual familiaridad, de su tendencia a la identificación o representación. La estructura Otro comprende así lo no representable o lo no reconocible, se constituye en devenir y en condición indispensable para la superación del dualismo característico del pensamiento occidental. Desde este punto de vista, la Otredad puede considerarse la apertura hacia los márgenes, hacia la exterioridad, la inclusión de lo no dicho o lo no representado por el pensamiento racional tradicional de Occidente. Jean Baudrillard y Marc Guillaume, en su obra Figuras de la alteridad, señalan que la otredad es una construcción propia de la Modernidad. Según estos autores, la Modernidad constituye la era de producción del Otro: No se trata ya de matarlo, devorarlo o seducirlo, ni de enfrentarlo o rivalizar con él, tampoco de amarlo u odiarlo; ahora, primero se trata de producirlo. El otro ha dejado de ser un objeto de pasión para convertirse en un objeto de producción (Guillaume, 2000:113). Mary Louise Pratt, en el artículo «Modernidades, otredades, entre-lugares», parte de las categorías de otredad por las cuales la Modernidad suele definirse, para argumentar cómo estas funcionan invisibilizando las relaciones contradictorias que sostiene el proyecto de la modernidad en el centro y en la periferia. Señala tres imperativos contradictorios propios de la Modernidad:  La necesidad obsesiva de establecer «otros» para poder definirse a sí mismo en relación con alguna alteridad fija.  La voluntad de producir sujetos modernos y su proyecto difusionista de modernizar mediante la asimilación a los «otros» que establece.  La concepción de la libertad dependiente de la subordinación y autosubordinación de los otros, entendiéndose por esto a la libertad como una posibilidad reservada a unos pocos individuos de desarrollar sus capacidades y seguir sus deseos e intereses, suponiendo la existencia de sectores no libres por definición, encargados de las relaciones de reproducción, dependencia, custodia, tutelaje y altruismo. En relación con el primer rasgo apuntado, Pratt señala que las teorías de la Modernidad contienen una serie de categorías englobadas bajo los términos de no- modernos y no-modernidades que incluyen lo feudal, lo tradicional, lo primitivo, lo 17 tribal, lo atrasado, lo subdesarrollado y lo pre-moderno, utilizados para caracterizar a las culturas no europeas u «otros externos», según los denomina esta autora. Estas categorías sirven precisamente para asignar determinadas características empíricas a los «otros» externos, según el rasgo de la Modernidad que desea afirmarse por oposición. En relación con este aspecto, sobresale lo paradójico del tercer rasgo apuntado, según el cual el proyecto de las sociedades modernas europeas se basa en la libertad del individuo para desarrollar sus capacidades a plenitud, a costa de la subordinación y dominación de los otros. Mary Louise Pratt propone un enfoque de estudio interesante al partir de estos rasgos característicos de la Modernidad como productora esencial de otredad, para establecer una división fundamental entre el «otro» interno (la mujer) y los «otros» externos (las sociedades y culturas no europeas) que son los otros fundamentales constituidos por el yo moderno burgués, europeo y masculino, para afianzar su identidad. La profesora y psicoanalista costarricense Roxana Hidalgo, por su parte, analiza la modernidad como un proceso de desencantamiento, desatado a partir de la guerra contra la mística y la magia y la declaración de independencia de la razón. Según esta autora, esta racionalidad instrumental que caracterizó el proceso de desencantamiento del mundo, condujo a la actualización de las oposiciones entre orden- caos, naturaleza- cultura, feminidad- masculinidad, y generalizó la escisión entre polaridades excluyentes entre sí y organizadas jerárquicamente como base de la concepción metafísica del mundo en el pensamiento occidental. En consecuencia, el sujeto moderno burgués se identificó con los atributos de la racionalidad, el orden, la cultura y la virilidad, simbolizada a través de la posesión del falo, en oposición con la mujer, las clases sociales oprimidas, los extranjeros y los bárbaros pertenecientes a las culturas no europeas y no civilizadas, cuya otredad quedó asociada de forma indisoluble con la oscuridad, el caos y la irracionalidad. Desde estas dicotomías propias del pensamiento occidental, se percibe al otro como un enemigo, como una amenaza para la propia integridad y la permanencia de la identidad. La hostilidad experimentada hacia el otro, percibido como extraño y diferente, condiciona la necesidad de dominación y destrucción de este, en tanto considerado objeto no humano y no racional. Dentro de esta concepción del otro, Roxana Hidalgo incluye a los pobres, los locos y delincuentes, por contravenir las normas de la sociedad burguesa; los niños y jóvenes, irrespetados por no ser adultos y por tanto seres no racionales desde el punto de vista del pensamiento burgués racional; las mujeres, los homosexuales, las minorías, grupos o colectividades diferentes de la racionalidad blanca y masculina (negros, indígenas, mulatos, mestizos); y todos aquellos que de una forma u otra ejercen algún tipo de resistencia frente al poder de la racionalidad dominante: los intelectuales, los artistas, los líderes de movimientos populares. Hidalgo apunta también que la marginalidad no es una, sino múltiple, diversa y plural, y que la condición de marginal no viene dada por la esencia, sino por la posición social ocupada en las relaciones de poder. Por último, esta autora destaca el carácter dialéctico del concepto de otredad, al concebirla como devenir permanente, donde los conceptos de lo propio y lo extraño, 18 lo mismo y lo diferente, no se conciben como estados permanentes y fijos, sino como experiencias relativas en constante movimiento. Por su parte, el profesor de Filosofía Flavio Iván Guglielmi en su artículo «Construcción de la otredad en la filosofía contemporánea. Rastreo de sus orígenes en Karl Marx y Friedrich Nietzsche», realiza un recuento de los diversos tratamientos que han recibido el Otro y la otredad cultural como objeto de estudio de diversas disciplinas durante el siglo XIX y parte del siglo XX, haciendo especialmente hincapié en la antropología1 y la filosofía como ciencias que han privilegiado su atención en este concepto. Según Guglielmi, la «Otredad» es un término elaborado en el campo de la antropología cultural durante el siglo XX, para designar el objeto de estudio de esta disciplina: la alteridad cultural. Esta ha sido estudiada desde múltiples perspectivas y enfoques en dependencia del contexto histórico-social. Debido a ello -señala Guglielmi- la Antropología reconoce que el «Otro» cultural no responde al estudio de un hecho empírico real, sino que es un objeto que se construye de manera científica por las distintas teorías que dominaron en cada una de las épocas históricas. La antropología cultural no solo elabora diferentes explicaciones sobre la Otredad, sino que confecciona diversos modelos de lo Otro cultural.2 Una de las primeras teorías antropológicas que centró su atención sobre lo «otro» fue el evolucionismo, 1 La antropología como ciencia se desarrolló en forma plena y autónoma desde finales del siglo XIX, cuando la llegada del capitalismo a su fase superior, el imperialismo, aceleró el proceso de concentración del capital y la necesidad de las grandes potencias capitalistas de ampliar la posesión de mercados y de territorios coloniales para colocar la producción. En este contexto, la antropología se constituye como respuesta a la necesidad de conocer y estudiar al otro y a la división del mundo entre metrópolis (espacio del nosotros) y las colonias (espacio de los otros). Como respuesta a esta división económica del espacio geográfico, paralelamente se produjo una dicotomía en el plano de las ciencias sociales, donde la sociología se constituyó como ciencia del nosotros cultural europeo, mientras que la antropología se constituyó como la ciencia de los otros coloniales, englobando en este concepto al conjunto de pueblos alejados histórica y geográficamente de Occidente. Un criterio semejante suscribe Aníbal Quijano, cuando señala que entre fines del siglo XVIII y fines del XIX, la percepción de la totalidad desde Europa ya ha sido definitivamente organizada como una dualidad histórica, compuesta por el par Europa y No-Europa. Esta dualidad implicaba la consideración de No-Europa como perteneciente a un pasado pre-moderno, pre-capitalista o pre-industrial. En consecuencia, señala Quijano: Como corresponde, la ciencia que estudiaría a los europeos se llamará Sociología. La que estudiaría a los No-europeos se llamará Etnografía (Quijano, 2000:368). 2 Eduardo González Muñiz en su artículo «Alteridades. La otredad cultural en la antropología», puntualiza que el papel específico de la antropología como ciencia empírica desde fines del siglo XIX ha sido el de revestir al otro de un significado científico, más que de un valor puramente artístico, histórico o moral, basado en tres principios unificadores: una sensibilidad, una epistemología y una ontología distintivas. 19 representado principalmente por Lewis Morgan (1818-1881) y Edward Burnett Tylor (1834-1917). Basados en paradigmas positivistas, los evolucionistas sostenían que todas las culturas atravesaban por estadios fijos iguales, en los cuales la evolución iría de las formas más simples o de menor desarrollo cultural, a las más complejas. El evolucionismo explicaba de este modo esquemático y global, la historia de la humanidad y la pluralidad de culturas y grados de desarrollo por medio de la concreción o no de esos estadios más avanzados. El inglés Tylor esquematizó en su obra Cultura primitiva tres etapas de desarrollo humano: salvajismo, civilización y barbarie. Según este esquema, la metrópoli podía ser entendida como parte de la civilización, la colonia como parte de la barbarie y todo aquello que no había sido influido o colonizado por la burguesía europea como lo salvaje. Desde esta perspectiva, la otredad cultural es comprendida como lo diferente a Occidente, en una relación de inferioridad cultural con respecto a este, marcado por la ausencia de rasgos europeos que debían surgir para lograr un mismo estadio evolutivo. En un segundo momento de evolución de la ciencia antropológica, durante el período de entreguerras (1918-1939), se produce el nacimiento del funcionalismo, corriente representada fundamentalmente por el británico Bronislaw Malinowski (1884- 1942), quien sentó las bases de un relativismo cultural como método, al considerar que cada cultura satisfacía las necesidades básicas de un grupo con una configuración siempre distinta y entendible bajo sus propios términos. Desde esta perspectiva, el otro cultural dejó de ser comprendido como lo diferente (con las connotaciones despectivas y etnocentristas que implicaba), y comenzó a ser interpretado como lo diverso. La otredad era pues simplemente lo diverso, aquello ajeno a la cultura propia y que debía ser pensado bajo sus propios parámetros. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la práctica antropológica generó dos nuevos paradigmas. Uno de ellos fue el estructuralista, cuyo principal representante fue Claude Lévi-Strauss, línea que continuaba con la representación de la otredad como diversidad y centró su atención en la explicación de los problemas de desigualdad presentes no solo en sociedades primitivas, sino en toda sociedad o cultura. En este contexto, el otro se configuró como un producto de la desigualdad, como aquellos diferentes a quienes poseían el capital cultural o la cultura hegemónica. Por su parte, la filosofía durante el siglo XIX presentó un cambio gradual de paradigma, que permitió una ampliación en el campo de los estudios filosóficos. La Razón, tal como había sido entendida en la Modernidad, comenzó a perder su universalidad y necesariedad en un proceso denominado por Habermas deflación de la razón. Al reconocer que la razón era también un producto de la construcción cultural, las teorías filosóficas de pretensiones universalistas comenzaron a perder consistencia y a reconocer e incluir lo otro, entendiendo este como un concepto 20 susceptible de abarcar los componentes individuales, sociales y culturales que delimitan y reestructuran el concepto de razón en la contemporaneidad, que actúa como límite de los procesos racionales e interactúa con ellos. Desde esta concepción, la otredad significó tanto el modo en que la racionalidad occidental fue interpretando lo que no se presentaba con sus mismas características, como también las estrategias conceptuales por medio de las cuales la racionalidad occidental fue otorgando significado a todo lo diferente a ella. En el contexto postmodernista, presentado por lo general como la crítica al imaginario y a la irracionalidad de la razón moderna desde el capitalismo de centro (Ronda Varona, 1996: 19), el discurso sobre el sujeto individual y el otro cultural experimenta un cambio de signo fundamental, que viene dado esencialmente: por la crisis del sujeto liberal burgués del pensamiento poscartesiano; por la crítica de una noción de identidad integral y unitaria; y por el reconocimiento y la recuperación de las voces tradicionalmente marginadas y silenciadas por el discurso falologocéntrico, que incluyen todos aquellos marcados con la condición de «subalternos» respecto a la racionalidad blanca y masculina dominante. Son incluidos también en este conjunto todos aquellos sujetos que, por determinados rasgos de su aspecto físico o de su racionalidad, contravienen la concepción del sujeto racional burgués. Esto se hace posible por la propia orientación del discurso postmodernista, tal como señala Adalberto Ronda Varona, dirigido hacia la negación y deconstrucción de los paradigmas, los modelos, los grandes metarrelatos construidos por la Modernidad y los sujetos históricos. Como señala Stuart Hall, la deconstrucción realizada en varias disciplinas, ha implicado la crítica de la noción de identidad integral, originaria y unificada. La filosofía planteó de forma generalizada la crítica del sujeto autónomo situado en el centro de la metafísica occidental poscartesiana. Por su parte, el discurso del feminismo y la crítica cultural, influidos por el psicoanálisis, desarrollaron la cuestión de la subjetividad y sus procesos inconscientes de formación. En consecuencia, un yo incesantemente performativo fue postulado por variantes celebratorias del postmodernismo (Hall, s/f: 13).3 Desde una perspectiva similar, Hal Foster en su ensayo «El postmodernismo en paralaje», señala que las respuestas concernientes al tema de la identidad llegaban con mayor frecuencia a manera de una apelación a una otredad. En este punto, Foster 3 Al respecto, Daniel Bell señala: Los diversos tipos de postmodernidad consisten simplemente en la descomposición del yo, en el esfuerzo por borrar el ego individual (Mateo, 2005:64). Por su parte, Hans Bertens afirma: El yo postmoderno ya no es una entidad coherente que tiene el poder de imponerle a su entorno un orden (a ciencia cierta subjetivo). Para repetir la frase de Holland, el yo postmoderno ha sido descentrado. La indeterminación radical del postmodernismo ha penetrado en el ego y ha afectado de modo drástico a su anterior (supuesta) estabilidad. La identidad se ha vuelto algo tan incierto como todo lo demás (Fischer- Lichte, 2007: 157). 21 establece una división interesante de las formas de la otredad: una otredad interna, presente en el interior del individuo, representada por las fuerzas irracionales del inconsciente y la sexualidad; y una otredad cultural, «externa», representada por todos aquellos sujetos «diferentes» de la racionalidad blanca, masculina y europea. En este contexto, el reconocimiento de nuevas e ignoradas subjetividades -sexuales y étnicas- en la política de la identidad y los modelos multiculturales, reveló que el sujeto que había sido declarado muerto en los años 60 era un sujeto muy peculiar, construido por la ideología y por los sistemas filosóficos occidentales que solo pretendía ser universal. En este reconocimiento de las nuevas subjetividades desempeñaron un papel relevante los estudios feministas, sobre la homosexualidad, y las críticas multiculturales, influenciados a su vez, por las teorías postestructuralistas de Jacques Derrida, las teorías del discurso del poder de Michel Foucault y las teorías psicoanalíticas de Jacques Lacan, que sentaron las bases para la revisión de los paradigmas y modelos elaborados por la tradición del pensamiento occidental. En el plano de la teoría literaria y la escritura, Iris M. Zavala, en su artículo «El canon y la escritura en Latinoamérica», destaca las teorías que se constituyen en nuevas alternativas de interpretación de los textos literarios: el feminismo, el deconstruccionismo, el lacanismo, el marxismo, el nuevo historicismo, la semiótica y el culturalismo. Zavala señala que el rasgo común que unifica estas teorías lo constituye precisamente la exposición de los clisés, estereotipos e imágenes negativas con que el Otro ha sido representado. Estas teorías pretenden desembarazar el análisis de las estructuras binarias y de la idea de un centro estabilizador, legitimador y jerárquico, proponiendo aproximaciones críticas a las diversas formas de colonización del lenguaje. Esto abrió las puertas a la indagación sobre la idea del Otro, el cual comenzó a concebirse como una relación móvil que distribuía los roles de emisor y receptor, en relación al que ejercía la palabra, designado con el «yo» o con el lugar del sí-mismo. El texto es concebido pues como un mensaje que es elaborado y emitido por un emisor determinado y que solo adquiere su significación cuando es leído y decodificado por el Otro. En el contexto latinoamericano, Nelly Richard, operando con las categorías de centro/ periferia, ha señalado que la sintaxis fracturada de la postmodernidad ha llevado al centro a ser el primero en meditar sobre su crisis de centralidad y a reivindicar los márgenes, lo que ha llevado a la periferia a radiogramar y reajustar sus ejes de confrontación para reintegrarse a este complejo retórico de la desintegración. En este proceso de reordenamiento, de descentramientos y recentramientos, el discurso postmoderno de lo «otro» se ha distinguido por su rescate de lo divergente, lo 22 alternativo y lo minoritario, que parece beneficiar la inclusión de las periferias culturales censuradas por el modelo europeo-occidental dominante. Sin embargo, esa reivindicación de categorías periféricas, como lo femenino y lo latinoamericano, se convierte en una nueva estrategia discursiva del centro, destinada a celebrar la «diferencia» como festividad exótica que matiza más que subvierte la ley universal. De este modo, Richard señala como vía de subversión y desacralización del centro y de los modelos universales la autogestión, por parte del sujeto, de esa «diferencia», de la posibilidad de constituirse como sujeto de la enunciación y de organizar las reglas y condiciones de su propio discurso, en un proceso de desautorización de las firmas centristas y de resignificación de los textos. A partir de lo analizado hasta aquí, podemos entender la otredad como un concepto susceptible de ser abordado bajo diversos parámetros y desde diversas disciplinas, que tiene su origen durante la Modernidad. Desde una perspectiva general, este concepto puede ser entendido como aquel conjunto de elementos y cualidades irrepresentables y por tanto excluibles desde la concepción del sujeto trascendental del pensamiento racional moderno (blanco, masculino, heterosexual, adulto, europeo, racional y plenamente consciente de sí y de sus capacidades). Este concepto también incluye aquellas categorías marginales o periféricas en las oposiciones binarias características del pensamiento metafísico occidental: la ausencia, el cuerpo, lo irracional, la fantasía, la heterogeneidad, la escritura, la multiplicidad y el caos, opuestos a los conceptos centrales de la presencia, la mente, lo racional, la verdad, la homogeneidad, la palabra, la unidad y la armonía o cosmos. La otredad puede entenderse también como el conjunto de estrategias de interpretación de todo lo diferente o ajeno a la representación de la racionalidad moderna universalista. 1.2 El legado de Mijaíl M. Bajtín. La différance y la deconstrucción de Jacques Derrida. Las teorías sobre el poder de Michel Foucault Las investigaciones del teórico y pensador ruso Mijaíl M. Bajtín (1895-1975), constituyeron un importante aporte al campo de los estudios de teoría literaria y de las teorías generales sobre cultura o culturología. Bajtín propone una serie de categorías para el análisis del discurso de la novela, entre las cuales destacan el dialogismo, la palabra ajena y la polifonía. Según Bajtín, el diálogo no puede ser entendido en su concepción ordinaria de forma composicional externa, sino como un fenómeno interno, inherente al propio discurso, definido por el encuentro entre dos o más voces, portadoras de una determinada visión del mundo, que pueden concordar o discrepar entre sí. Las relaciones dialógicas, según Bajtín, pueden penetrar en el interior del enunciado e incluso en el interior de la palabra, siempre y cuando se manifiesten en ellos dos peculiares posiciones de sentido o dos visiones lingüísticas del mundo. Este 23 diálogo de las voces se origina directamente a partir del diálogo social de los diversos lenguajes, donde la palabra debe orientarse entre la diversidad de expresiones, representativas de lenguajes socialmente ajenos. Esta dialogalidad se origina en cada momento histórico de la vida verbal ideológica, donde cada generación y cada grupo social, poseen su lenguaje y su sistema específico de acentos. A este conjunto, Bajtín los denomina «lenguajes sociotípicos». Entre todos estos «lenguajes» de la discordancia, como también los denomina Bajtín, existen profundas diferencias metodológicas, pues en su base descansan principios de separación y formación diferentes que posibilitan que los lenguajes no se excluyan unos a otros, sino que dialoguen entre sí (el lenguaje poético, el del estudiante, el de los niños, el del intelectual, el del filósofo, etc.). Todos estos lenguajes se constituyen en puntos de vista específicos acerca del mundo, en formas de interpretación y valoración acerca de este. Como tales, estos lenguajes pueden complementarse, contradecirse y correlacionarse de manera dialogal en la conciencia de los hablantes. La otra categoría esencial en la concepción de Bajtín es la de palabra ajena. Renate Lachmann, en su artículo «Dialogicidad y lenguaje poético», expone los rasgos de la tipología de la palabra prosística establecida por Bajtín. Bajtín establece tres tipos de palabra: 1) la palabra directa, denotativa y descriptiva, que puede ser considerada expresión del establecimiento de un sentido autoral concluso por parte del hablante; 2) la palabra objetual o palabra de la persona representada; y 3) la palabra bivocal, con orientación hacia una palabra «ajena». A partir de esta relación con la palabra ajena, Bajtín desarrolla su concepto de la dialogicidad. A la palabra univocante, identificante, monológica, se le opone la palabra dialógica, originada por el contacto con la ajena. Esta palabra, que se constituye como dialógica en el cruce con una verdad ajena, es bivocal. En esta bivocalidad se encuentran contenidas las voces del yo y el otro, los cuales fundan bivocalmente el diálogo. El texto, desde esta perspectiva, aparece como diálogo potencialmente no concluible y como interacción de diversas posiciones de sentido. Bajtín basa este concepto en la estructura conversacional del mundo, en la que la palabra siempre se imprime como una respuesta o réplica a otra palabra, y en la cual la comprensión activa de la que es objeto se convierte en un factor esencial de resistencia o de apoyo enriquecedor a la palabra. En este proceso, la palabra siempre se ve obligada a tomar posición frente a la palabra ajena y a elaborar una respuesta que polemiza y entra en contradicción con aquella. La palabra es, por tanto, siempre semiajena y solo deviene propia cuando el hablante la domina y la impregna con su intención y acento. Esta expresión ajena nunca se halla delimitada nítidamente de la autoral, aunque siempre existe un determinado distanciamiento del autor con respecto a las palabras «otras» de su obra, lo que es utilizado por el autor para revelar nuevos aspectos de un mismo objeto de representación. 24 Bajtín distingue dos categorías de funcionamiento de la palabra ajena, que determinan las bases de la actitud ideológica y la conducta del hombre hablante ante el mundo: la palabra autoritaria y la palabra internamente convincente. La primera de ellas, identificada con la palabra religiosa, política, moral, las palabras de los padres, de los maestros, carece de convicción interna para la conciencia. Esta palabra está vinculada directamente con la autoridad del poder, de las instituciones, del pensamiento político, religioso, moral, filosófico y científico, y su jerarquía se establece desde un pasado lejano, imponiéndose independientemente de su convicción interna, requiriendo ser reconocida y asimilada por el hablante como una estructura semántica inmóvil y muerta, que no admite la introducción de variaciones libremente estilizadoras ni su encuadramiento en un contexto cercanamente familiar. La palabra ideológica ajena, internamente convincente, a diferencia de la palabra autoritaria, no permanece en estado de aislamiento e inmovilidad, sino que entabla una interacción y una lucha tensas con otras palabras internamente convincentes por el predominio de un determinado enfoque o punto de vista verbal-ideológico. Esta palabra es a un mismo tiempo semipropia y semiajena; permite su apropiación por parte del yo hablante y contiene en sí la multiplicidad de voces y puntos de vista de los otros. El enfrentamiento entre estas palabras ajenas, según Bajtín, reviste dos formas: una que se da en el plano vitalmente ético de los personajes y que comprende los juicios de aceptación o rechazo por parte de los otros; y una segunda que se da en el plano ideológico, que comprende los enfrentamientos entre las ideologías de los héroes y entre estos y el autor. En un trabajo escrito durante la década de 1920, «El autor y el héroe en la actividad estética», Bajtín establece varias premisas importantes en torno a estas categorías fundamentales de la obra artística. En este ensayo, Bajtín parte de las relaciones existentes entre el autor y su héroe, en las cuales este último se configura necesariamente como el «otro» del autor. A su vez, establece que cada palabra del epos expresa una reacción del autor a una reacción del héroe. Cada concepto, imagen y objeto de la obra artística vive una vida doble, y su sentido le viene dado por dos contextos valóricos: el del autor y el héroe. En cada palabra, por tanto, suena una doble reacción en la que se fusionan las posiciones del autor y del héroe. Para Bajtín, cada visión estética presupone necesariamente la configuración del héroe como un «otro», como el «otro» del hombre que construye una determinada imagen humana a través de la percepción estética de su entorno. 25 En la recepción realizada posteriormente de la obra bajtiniana, se han hecho diversas interpretaciones de este ensayo desde la perspectiva de la otredad. La investigadora Karine Zbinden en su artículo «El yo, el otro y el tercero: el legado de Bajtín en Todorov», analiza estos conceptos partiendo de lo expuesto por el teórico ruso. Zbinden toma los conceptos de dialogismo y doble reacción y los analiza como interacción de dos conciencias, correspondientes al yo y al otro. La relación entre el autor y el héroe en el acto estético es asimétrica por definición y remite a la relación entre el yo y el otro. Desde esta perspectiva, el otro es concebido como la contraparte necesaria en la interrelación dialogal generadora de sentido, que permite la construcción del yo y posibilita la percepción artística del mundo mediante la interacción de subjetividades portadoras de puntos de vista discrepantes. La investigadora brasileña Mónica G. Zoppi-Fontana, por su parte, analiza el concepto de dialogismo desde una perspectiva similar, al estudiarlo desde el punto de vista de la relación entre el yo y el otro. Según esta autora, las relaciones dialógicas pueden revestir dos modalidades: el yo-para-mí y el otro-para-mí. Sin embargo, en esta relación puede intervenir un nuevo elemento que produce el desplazamiento de estas categorías y que se define como el no-yo, el cual anula el yo-para-mí para definirse como un otro de los otros posibilitando el retorno del yo sobre sí mismo. La apariencia del yo se reconstruye, en ese proceso de interrelación, a partir de la representación y de la comprensión valorativa y activa del otro. De modo que puede concluirse señalando que según la interpretación de Zoppi-Fontana, el yo se define como el otro del otro, a través de la relación dialógica donde se abre un espacio de no coincidencia del sujeto consigo mismo, que se descentra y da paso a una nueva dimensión: la del no-yo en mí. Otro de los conceptos expuestos por Bajtín en sus trabajos es el de polifonía, estrechamente relacionado con el de dialogismo. Este concepto hace referencia a la multiplicidad de voces sociales y de horizontes ideológicos que pueden estar presentes en una novela, que se entrecruzan y dialogan entre sí contribuyendo a la fragmentación, diferenciación y descentralización del mundo verbal- ideológico representado. En un artículo del profesor Ariel Camilo González, de la Universidad de Rosario, Bogotá, se analiza el concepto de polifonía como la expresión de las voces de múltiples otredades. Según el criterio expuesto por el académico, la polifonía se constituye en un espacio para la diversidad de las voces de las otredades. Esta presencia de diferentes voces en un espacio discursivo, condiciona la descentralización y constitución del sujeto hablante como un yo múltiple y la apertura hacia diversas otredades. La polifonía es entendida desde esta perspectiva como la 26 presencia de múltiples otredades a través de la resonancia de diversas voces, portadoras de cosmovisiones discrepantes, las que posibilitan la fragmentación y descentralización del lenguaje y los sentidos del texto artístico. Las propuestas teóricas de Jacques Derrida (1930) sientan las bases para la relectura, revisión y cuestionamiento crítico del pensamiento filosófico tradicional que estaba basado en el binarismo de pares opuestos irreconciliables. La propuesta de Derrida se dirige pues a privilegiar los márgenes, los vacíos, silencios o ausencias en la escritura; a cuestionar los conceptos de «límite», «centro» y «origen», y a repensar la diferencia, no como oposición sino como diferición, retraso o desplazamiento del significado y de la presencia. De esta manera, el otro es pensado no como lo opuesto de lo uno o de lo mismo, sino como lo ausente o diferido de lo uno, lo cual permite concebirlo como una presencia ausente, que se marca por el nombramiento silencioso que le confiere lo mismo. Para ello, Derrida propone un dispositivo estratégico abierto, que elabora un discurso desestabilizador de los fundamentos de la metafísica occidental. En su texto «La différance», este teórico parte de la concepción de Saussure sobre el lenguaje como un sistema articulado a partir de la oposición binaria entre significante y significado, mas él, a su vez, concibe el signo como la presencia diferida de la significación. En este sentido la diferencia se constituye en algo imprescindible en la producción de significado, pues cada concepto solo se instaura como tal y adquiere su sentido por medio de la relación con su «otro», con lo denominado como su afuera constitutivo, portador de un excedente de sentido que no puede ser apropiado por el concepto.4 La différance es un término elaborado por Derrida para abarcar los sentidos contenidos en el verbo diferir: uno de ellos referido a la operación de desplazamiento o de temporización y el otro referido a la condición de alteridad, en el sentido de desemejanza o de polémica. Al aplicar el término différance a las parejas de opuestos del discurso filosófico occidental, uno de los elementos aparece necesariamente como la diferancia del otro, como el otro diferido en la economía del mismo. A partir de esta muestra del mismo como diferancia se puede repensar precisamente la diferencia desde la mismidad, la otredad como la mismidad diferida y no como opuestos irreconciliables. La alteridad es sustraída a todo modo de presentación y se señala mediante los efectos de retardamiento y desplazamiento de la diferencia, constituyéndose como un presente que permanece escondido o ausente. La alteridad es concebida desde esta perspectiva de Derrida como un constante devenir que no 4 Al respecto señala Derrida en el texto citado: […] el concepto de significado no está nunca presente en sí mismo, en una presencia suficiente que no conduciría más que a sí misma. Todo concepto está por derecho y esencialmente inscrito en una cadena o en un sistema en el interior del cual remite al otro, a los otros conceptos, por un juego sistemático de diferencias. Un juego tal, la diferancia, ya no es entonces simplemente un concepto, sino la posibilidad de la conceptualidad, del proceso y del sistema conceptuales en general (Derrida,2009:455). 27 llega a hacerse presente y deriva en un descentramiento del sujeto, en el cual el uno difiere de sí y no es idéntico a sí mismo. El profesor Cristian Camilo Vélez en su artículo «Deconstrucción u otredad en el discurso filosófico» define la deconstrucción derrideana como una operación de retorsión y desciframiento de lo no cuestionado por la tradición, que permite pensar lo otro como fundamento de lo mismo. Para ello la deconstrucción cuestiona los límites, los cuales pasan a ser considerados como un «pasaje» o un «a través». Mediante esta nueva concepción, lo «otro» externo puede pasar a formar parte del interior del discurso. Desde la interpretación de Vélez, la deconstrucción es inherente a toda construcción discursiva, opera desde su interior, pero continúa siendo extraña a este, por lo que se constituye como un exterior «incalificable». Toda estructura construida, como apunta Vélez, lleva en sí su deconstrucción, que permite que salga a la luz el texto otro, reprimido o disimulado, y donde el lector-intérprete se constituye en un dispositivo más que coadyuva al surgimiento del texto otro. En el contexto del postestructuralismo, la obra del pensador francés Michel Foucault ofreció un enfoque novedoso al centrarse en la cuestión de las relaciones de poder en la sociedad, constituyéndose en uno de los puntos de partida fundamentales para las reflexiones y el debate contemporáneo en torno a la otredad. Las reflexiones de Foucault no se limitaron únicamente al análisis del poder en abstracto, sino al funcionamiento del poder en la sociedad capitalista contemporánea y a sus efectos sobre la conformación de la subjetividad humana y de los discursos. El autor analiza, desde una perspectiva novedosa, los mecanismos de opresión y represión implementados por diversas instituciones, comprendiendo el poder no como un «algo» situado en una instancia específica, sino como un sistema de relaciones que se expresa a través de todo tipo de relaciones humanas en los más diversos ámbitos (el familiar, el escolar, el político, el religioso, el jurídico, el económico). Las teorías de Foucault rompieron con las concepciones tradicionales sobre el poder en tres aspectos fundamentales, señalados por el profesor Jorge Luis Acanda González (2003:115):  Desarrolló una concepción relacional e inmanentista del poder frente a la concepción institucional e instrumentalista tradicional.  Efectuó un análisis del poder a nivel molecular y no molar.  Analizó el poder en su calidad productiva y generadora de discursos. En su análisis Foucault estableció la no existencia del poder como instancia puntual, ni como una estructura o autoridad con que están investidas determinadas personas, sino como un complejo sistema de relaciones de fuerzas que forma parte indisoluble del proceso de conformación del todo social. Cada relación social se constituye pues en vehículo y expresión del poder. Su ejercicio se manifiesta a través 28 de las formas de la actividad práctica de los individuos, los cuales, en las relaciones de su vida cotidiana, reproducen las relaciones de poder. Este se ejerce, según la concepción de Foucault, fundamentalmente a través de la producción de saber y la organización de discursos en tanto instancias que articulan la sociedad. En su trabajo «El sujeto y el poder», Foucault hace referencia a determinados modos de objetivación que él denomina «prácticas divisorias». Mediante estos modos de objetivación el sujeto se divide en su interior y se escinde de los otros, y se define por oposición a otro: el cuerdo y el loco, el sano y el enfermo, los ciudadanos ejemplares y los criminales. En la teorización de Foucault, se establece como punto de partida el estudio de las formas de resistencia contra las diferentes formas de poder. Para ello, el autor toma una serie de oposiciones articuladas históricamente: la oposición del poder del hombre sobre la mujer, la de los padres sobre los niños, la de los médicos sobre los enfermos, la de la psiquiatría sobre la enfermedad mental y la de las autoridades políticas y administrativas sobre la población en general. En estas oposiciones está implícita la idea de la otredad en aquellos sujetos sobre los que se ejerce el poder y que de forma consciente o inconsciente, implementan diversas vías de resistencia frente a este poder. Foucault define estas luchas como transversales e inmediatas, dirigidas a afirmar el derecho a ser diferentes y a subrayar todo lo que los hace individuos, en contra de las formas de poder que categorizan al individuo y lo sujetan a una identidad determinada que él y los otros deben reconocer. Para Foucault, estudiar las estructuras o mecanismos del poder supone la existencia de los «otros», pues una relación de poder solo se puede articular en base a dos elementos: uno, reconocido como la persona que actúa y el «otro», aquel sobre el que se ejerce el poder. Este existe solamente cuando es puesto en acción y se constituye como un conjunto de acciones encaminadas a modificar y guiar las posibilidades de conducta de los otros, usando como métodos fundamentales la violencia y el consentimiento. Por último, en este artículo Foucault establece una serie de puntos importantes en el estudio de esas relaciones de poder:  El sistema de las diferenciaciones (determinadas por la ley, las tradiciones de status y privilegios, diferencias económicas, culturales y lingüísticas y diferencias en el saber hacer).  Los objetivos de los que ejercen el poder sobre otros: el mantenimiento de los privilegios, la acumulación de beneficios y la puesta en funcionamiento de la autoridad estatuaria. 29  Los medios de hacer existir las relaciones de poder: las armas, el efecto de las palabras, las diferencias económicas y determinados sistemas para ejercer el control.  Las formas de institucionalización: comprenden estructuras establecidas por la ley y la tradición (la familia), que pueden contar con sus propias estructuras jerárquicas definidas y que cuentan con una autonomía relativa en su funcionamiento.  Los grados de racionalización: comprenden la elaboración de las relaciones de poder en correspondencia con los medios utilizados para garantizar su funcionamiento. Podemos resumir los aportes de los teóricos anteriormente analizados de la siguiente manera:  Los conceptos de dialogismo y palabra ajena propuestos por Mijaíl Bajtín permitieron la concepción de la escritura como un espacio para la proyección y la confluencia de una multiplicidad de voces, portadoras de diversas visiones del mundo. Asimismo, sus concepciones sobre el autor y el héroe sentaron las bases para la articulación de diversas teorías sobre la otredad.  El concepto de différance propuesto por Jacques Derrida posibilitó repensar la otredad no desde el punto de vista de la separación en opuestos binarios irreconciliables, característicos del pensamiento metafísico occidental, sino desde la perspectiva de la mismidad, como una presencia ausente o diferida. Asimismo, la deconstrucción como operación textual, permitió el cuestionamiento de los conceptos de «límite», «margen» y «centro» y la concepción de toda estructura discursiva como un juego de desplazamientos y postergaciones en la cual cada texto contiene a su otro.  Las teorías de Michel Foucault posibilitaron una concepción relacional del poder frente a las concepciones instrumentales y tradicionales, y estableció las premisas básicas para el estudio de las relaciones de poder con respecto a la organización discursiva de la sociedad y su influencia decisiva en la constitución del sujeto subalterno. 30 1.3 El concepto de otredad aplicado en los estudios sobre literatura infantil En cuanto a la aplicación del concepto de otredad en los estudios teóricos sobre literatura infantil,5 es preciso señalar que en la revisión bibliográfica realizada se constató la ausencia casi total de la utilización de este concepto, exceptuando los ya mencionados artículos de Joel Franz Rosell y de Carelsy Falcón Calzadilla respectivamente. Sin embargo, a pesar de esta carencia en los estudios teóricos sobre literatura infantil, sí han sido localizados varios estudios de carácter panorámico y determinados análisis de obras literarias que hacen referencia a la presencia de personajes infantiles víctimas de la represión por parte de su entorno familiar, escolar o social, marginados por el hecho de ser niños o por poseer determinados atributos físicos o morales que los estigmatizan y los marcan como «diferentes» dentro de su contexto social. La representación de la niñez en los textos literarios ha estado determinada por la noción de niñez imperante en una determinada época. El teórico israelí Zohar Shavit apunta que ambos conceptos, niñez y libros para niños, son relativamente recientes y se hallan estrechamente interrelacionados, ya que la producción y la industria del libro para niños y la escritura de obras destinadas a ellos solo se hizo posible con la creación de una noción de niñez. El surgimiento de esta posibilitó asimismo el reconocimiento y la legitimación de los niños como seres distintos, con sus propias necesidades diferentes de las de los adultos, y no como hombres y mujeres en miniatura. Esta nueva comprensión cultural de la niñez en la sociedad occidental no tuvo lugar hasta los siglos XVIII y XIX. Durante la Edad Media y los siglos subsiguientes, el enfoque teológico prevaleciente y las condiciones materiales de vida impedían el reconocimiento de las características distintivas de los niños con respecto a los adultos. Sin embargo, hacia principios del siglo XVII, se producen una serie de cambios que posibilitan el paso a la polarización en la visión del niño, lo que propició a su vez el surgimiento de una concepción de este como fuente de placer y diversión para los adultos, concepción en la que ya está implícita la idea del infante como un ser otro, diferente de los adultos que lo rodean. Posteriormente, con el advenimiento del Siglo de las Luces, se crearon las condiciones para el surgimiento de una segunda noción de niñez, que comprendía 5 El profesor, crítico y teórico español Juan Cervera señala que, para definir la literatura infantil, deben tenerse en cuenta las reacciones de sus lectores, estableciendo una distinción importante entre el niño como destinatario y como receptor. La literatura infantil sería en su concepción aquella que tendría como receptor al público infantil, independientemente de que se le concibiera pensando en este como destinatario o no (Cervera, 1991:13). 31 esta como un estadio independiente en el proceso de desarrollo del ser humano, propicio para la formación del carácter mediante la educación y la lectura de libros concebidos como vehículo pedagógico. Sin embargo, esta concepción del niño como un objeto de educación trajo dos consecuencias nefastas para la literatura infantil: la concepción del carácter instrumental de esta, puesta al servicio de la Pedagogía; y la concepción del carácter perjudicial de la fantasía para las mentes infantiles. Especialmente en Francia, se produjo una oleada de obras de marcado carácter moralizante y de estilo rebuscado y tendencioso. Entre los representantes de esta corriente se destacaron Madame Leprince de Beaumont, Madame de Genlis y Arnold Berquin, este último caracterizado por la introducción en sus obras de personajes niños aristócratas como protagonistas, extremadamente idealizados y cuya generosidad era puesta de relieve por la presencia de personajes pobres y huérfanos. Esta representación falsa e idealizada del infante, apegada a los cánones morales y religiosos de la época prevaleció durante largo tiempo en la literatura infantil. Durante el siglo XIX, con la irrupción del Romanticismo, los textos para niños cambiaron y junto con ellos cambió el modo en que se caracterizaba a los niños en estos. Un ejemplo de esto lo constituyeron los Cuentos de la infancia y del hogar (1812), de los hermanos Grimm. El afán del Romanticismo por el rescate de las tradiciones y su gusto por los personajes populares se revela en esta recopilación, mediante la presencia de una serie de personajes que pueden considerarse representativos de la otredad por su extracción de las capas más humildes de la sociedad, generalmente dotados de determinados atributos físicos o habilidades (tales como la belleza o la inteligencia) que les permiten ascender en la escala social y equipararse en numerosas ocasiones a los personajes provenientes de las clases más elevadas. Un caso diferente lo constituye el representado por la obra del danés Hans Christian Andersen, cuyos cuentos presentan personajes caracterizados en su mayoría por la presencia de un determinado estigma que los marca y diferencia ante el resto de los personajes, y los predestina para ser víctimas de la marginación y el sufrimiento causados por el rechazo de su entorno. El caso emblemático lo constituye «El patico feo», personaje triste y solitario, cuyo conflicto vital nace del hecho de ser despreciado y rechazado por todos, incluso por su madre y sus hermanos, a causa de su aspecto físico diferente incluso del de su propia familia. Asimismo, pueden mencionarse «El soldadito de plomo» y «La sirenita», personajes que se ven imposibilitados de unirse al ser amado y alcanzar la felicidad a causa de una discapacidad física que los limita y condena al sufrimiento permanente. En el contexto inglés, destacan las obras de Lewis Carroll y James Mathew Barrie, por proponer dos modelos de niño opuestos a los cánones del niño obediente, virtuoso y temeroso de Dios imperante en la época. El primero de ellos, con Alicia en el País de las Maravillas (1864) y su segunda parte A través del espejo (1871), coloca como protagonista de ambas n